Trabajamos, resolvemos pendientes, cuidamos a quienes amamos, intentamos cumplir nuestras responsabilidades y, cuando finalmente tenemos un momento para nosotros, descubrimos que el cuerpo está sentado, pero la mente todavía sigue corriendo.
Y entonces aparece una pregunta que quizá no nos hacemos con suficiente frecuencia: ¿de qué sirve llenar nuestros días de actividades si no dejamos espacio para aquello que verdaderamente les da sentido?
La Kabbalah nos ofrece una respuesta fascinante a través de uno de los momentos más hermosos del Shabbat: el encendido de las velas.
Porque, aunque parezca que solamente estamos encendiendo un par de pequeñas llamas, en realidad estamos participando en un acto espiritual que simboliza algo muchísimo más profundo: la posibilidad de recibir la Luz Divina y contribuir a restaurar la armonía de la Creación.
El instante en que todo cambia
Imagina la escena.
La habitación permanece en silencio. Sobre la mesa descansan los candelabros, los recipientes de cristal y las mechas preparadas para arder.
Una chispa aparece.
La primera vela comienza a iluminar la habitación. Después, otra llama se levanta suavemente.
Los hijos observan. La familia guarda silencio. Las manos se acercan a la luz y realizan tres movimientos delicados, como si recogieran su calor para extenderlo hacia el universo.
Es el momento de recibir a los ángeles del Shabbat, de abrir las puertas del hogar a la paz y a las bendiciones.
Después, las manos cubren el rostro y comienza la oración.
Lo extraordinario es que nada parece haber cambiado demasiado en el mundo exterior. La habitación sigue siendo la misma, la mesa continúa en su lugar y los problemas de la semana probablemente no han desaparecido.
Sin embargo, algo fundamental puede comenzar a transformarse en nuestro interior.
Nuestra atención deja de estar concentrada exclusivamente en lo que necesitamos hacer y se dirige hacia aquello con lo que deseamos conectar.
Y aquí comienza el verdadero misterio.
Maljut: el arte espiritual de recibir
Para comprender el significado del Shabbat, necesitamos acercarnos a una de las enseñanzas centrales de la Kabbalah: la Sefirá de Maljut.
Las Sefirot son atributos o manifestaciones mediante los cuales la tradición cabalística explica la relación entre la Divinidad y la Creación.
Maljut significa «Reino» o «Realeza», y representa el receptáculo que recibe el flujo divino procedente de las Sefirot superiores para manifestarlo en los mundos inferiores.
Pero hay algo muy interesante.
Recibir no significa permanecer inmóvil ni carecer de poder.
Por el contrario, recibir también implica dar forma, desarrollar y manifestar aquello que llega a nosotros.
Pensemos en el ejemplo que presenta el texto: durante la gestación, el cuerpo femenino recibe y proporciona las condiciones para el desarrollo de una nueva vida.
La tradición cabalística utiliza esta imagen para explicar la dimensión receptiva de Maljut.
De manera semejante, los seis días de la semana representan el movimiento de la actividad creadora, mientras que el Shabbat representa la capacidad de recibir y permitir que el flujo divino se manifieste.
Esta es la razón simbólica por la que el Shabbat recibe nombres tan hermosos como «la Reina», «la Novia» y «el Amado».
No estamos hablando simplemente de descansar después de trabajar.
Estamos hablando de una transformación en nuestra relación con la Creación.
Y aquí aparece una enseñanza que podemos llevar a nuestra vida cotidiana: quizá no siempre necesitamos hacer más para vivir mejor. A veces necesitamos desarrollar la capacidad de recibir conscientemente aquello que ya está presente.
El misterio del séptimo día
El Arí, Rabbí Itzjak Luria, enseñó que la Creación comenzó con el Tzimtzum Álef, expresión que significa «contracción inicial».
En esta explicación cabalística, la Luz Divina se contrae para permitir la existencia de una realidad limitada, distinta de la infinitud divina.
Durante los seis primeros días ocurre el proceso creador.
Pero al llegar el séptimo día sucede algo extraordinario.
HaShem descansa.
No crea algo nuevo ni retira Su Luz. Según la interpretación presentada, permite que el flujo divino penetre en el universo.
Por eso, el Shabbat representa una condición espiritual diferente de los días anteriores.
La Creación deja de contemplarse únicamente desde la actividad y comienza a comprenderse desde la recepción.
Es como si durante seis días hubiéramos estado preparando un recipiente y, al llegar el séptimo, finalmente permitiéramos que se llenara.
¿Te das cuenta de lo interesante que resulta esta imagen?
A veces pasamos tanto tiempo construyendo nuestra vida que olvidamos detenernos a experimentarla.
El Shabbat nos recuerda que la existencia no se reduce a producir, conseguir o resolver.
También necesitamos momentos para reconocer lo que hemos recibido y abrirnos a su significado.
¿Por qué las mujeres encienden las velas?
Aquí entramos en una de las enseñanzas más profundas y delicadas del texto.
La tradición cabalística relaciona el carácter receptivo del Shabbat con el simbolismo espiritual de lo femenino.
Por eso, dentro de esta interpretación, la mujer de la casa ocupa un lugar especialmente significativo en el encendido de las Nerot Shabbat, las velas del Shabbat.
Pero el Zóhar añade una dimensión todavía más sorprendente.
En Zóhar 1:48b se presenta una interpretación mística según la cual Javvá, Eva, mediante su transgresión en el Jardín del Edén, contribuyó a que gran parte de la Luz Divina se apartara del mundo.
Desde esa lectura tradicional, el encendido de las velas adquiere un sentido de restauración espiritual.
Ahora bien, aquí conviene comprender el simbolismo sin convertirlo en una acusación contra las mujeres.
La enseñanza que estamos explorando no necesita leerse como una culpa heredada, sino como una imagen mística de la capacidad humana para reparar lo que se ha perdido.
Y eso nos conduce a una de las ideas más poderosas de la Kabbalah.
Tikkún: lo que se rompió también puede convertirse en una oportunidad
Tikkún significa «rectificación» o «reparación».
Dentro del pensamiento cabalístico, una equivocación puede interrumpir nuestra relación consciente con el Creador, pero también abrir la posibilidad de regresar, corregir y alcanzar una cercanía espiritual más profunda.
Esto no significa que cometer errores sea deseable.
Significa que nuestros errores no tienen por qué convertirse en el último capítulo de nuestra historia.
Piénsalo un momento.
¿Cuántas veces has dicho algo que lastimó a una persona querida?
¿Cuántas veces has permitido que el enojo, el orgullo o el miedo dirijan tus decisiones?
¿Y cuántas veces has sentido que ya era demasiado tarde para reparar lo ocurrido?
La enseñanza del Tikkún nos invita a contemplar otra posibilidad.
Tal vez no podamos cambiar lo que sucedió, pero sí podemos transformar nuestra respuesta.
Podemos reconocer, pedir perdón, actuar de otra manera y reconstruir aquello que parecía perdido.
Desde esta perspectiva, el encendido de las velas representa algo maravilloso: no solamente recordamos una Luz que se apartó, sino que participamos simbólicamente en su regreso.
Una pequeña llama se convierte en una declaración espiritual: todavía podemos reparar, todavía podemos acercarnos, todavía podemos comenzar de nuevo.
Panim BeFanim: cuando el alma se encuentra cara a cara con su Creador
Hay un momento especialmente conmovedor después de encender las velas.
Las manos cubren el rostro.
Los ojos se cierran.
La oración comienza.
En la tradición descrita, este instante representa una posibilidad de Devekut, es decir, adhesión o comunión espiritual con el Creador.
Y aparece otra expresión hebrea extraordinaria: Panim BeFanim, «cara a cara».
No se trata de un encuentro físico, sino de una imagen de intimidad espiritual.
Durante unos instantes dejamos de escondernos detrás de nuestras ocupaciones, preocupaciones y apariencias.
Nos presentamos ante HaShem con el corazón abierto.
Sin necesidad de aparentar fortaleza.
Sin tener que demostrar que todo está perfectamente bien.
Podemos expresar gratitud, reconocer nuestros errores, pedir ayuda y renovar nuestra confianza.
La bendición del encendido comienza:
Baruj Attá Ado-nai Elo-henu Mélej Haölam, Asher Kiddeshanu Bemitzvotav Vetzivvanu Lehadlik Ner Shel Shabbat.
«Bendito eres Tú, HaShem, Di-s nuestro, Rey del Universo, que nos ha santificado con Sus preceptos y nos ha ordenado el encendido de la vela de Shabbat».
Una palabra merece especial atención: Kiddeshanu, «que nos ha santificado».
El texto relaciona esta expresión con Kiddushín, término asociado al matrimonio.
A partir de esta conexión, la unión espiritual con el Creador se representa mediante la intimidad de una relación matrimonial.
La imagen es profundamente hermosa.
No encendemos las velas únicamente para iluminar una habitación.
Las encendemos para preparar nuestro corazón para un encuentro.
El secreto de Lejá Dodí: todo comienza con una intención
Rabbí Shelomó Alkabbetz escribió en el himno Lejá Dodí una frase que encierra una enseñanza extraordinaria:
Sof maasé bemajashavá tejilá.
«El fin último surge del primer pensamiento».
Es decir, aquello que deseamos manifestar comienza con la intención que colocamos en su origen.
Y aquí encontramos una conexión directa con nuestra vida.
Antes de una conversación importante, ¿con qué intención nos acercamos?
Antes de iniciar una relación, ¿qué deseamos construir?
Antes de comenzar una nueva semana, ¿qué estamos cultivando en nuestro interior?
En el Shabbat, el disfrute físico —la comida, la convivencia, la alegría del hogar— adquiere una dimensión sagrada cuando está acompañado por una conciencia espiritual.
No se trata de rechazar el mundo material.
Se trata de vivirlo con un propósito más elevado.
Por eso, la oración meditativa que acompaña el encendido de las velas tiene tanta importancia.
Representa el primer pensamiento que orientará nuestra experiencia del día sagrado.
Y quizá esta sea una de las enseñanzas más útiles para nuestra vida cotidiana: la calidad de nuestras acciones también depende de la conciencia con la que comenzamos a realizarlas.
Una llama pequeña, una transformación inmensa
La próxima vez que contemples una vela encendida, observa algo sencillo.
La llama no necesita hacer ruido para iluminar.
No necesita imponerse sobre la oscuridad.
Simplemente arde.
Y mientras permanece encendida, transforma el espacio que la rodea.
En el lenguaje de la Kabbalah, las velas de Shabbat nos invitan a recordar nuestra relación con la Fuente, la posibilidad del Tikkún y la importancia de recibir conscientemente la Luz.
Tal vez hoy no podamos reparar todo lo que sucede en el mundo.
Pero podemos comenzar por una conversación pendiente, una disculpa sincera, una oración consciente o un gesto de paz dentro de nuestro hogar.
Y quién sabe…
Quizá esa pequeña transformación sea precisamente la Luz que alguien más estaba esperando encontrar.
Shabbat Shalom Umevoraj. 🕯️💙

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