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La conciencia no sirve si no llega a tu vida real

Puedes meditar una hora… y perder la paciencia cinco minutos después porque alguien va lento delante de ti. Puedes hablar de conciencia, energía, equilibrio y crecimiento personal… y luego contestar un mensaje desde el enojo, comer sin darte cuenta de que ya estabas satisfecho o pasar dos horas con el teléfono en la mano preguntándote…

Puedes meditar una hora… y perder la paciencia cinco minutos después porque alguien va lento delante de ti.

Puedes hablar de conciencia, energía, equilibrio y crecimiento personal… y luego contestar un mensaje desde el enojo, comer sin darte cuenta de que ya estabas satisfecho o pasar dos horas con el teléfono en la mano preguntándote dónde se fue el día.

Y ahí está precisamente el asunto:

la conciencia no se demuestra cuando estás hablando de conciencia. Se nota cuando estás viviendo.

Porque es relativamente sencillo sentirte tranquilo cuando todo está tranquilo.

Otra cosa es conservar un poquito de presencia cuando tienes prisa, estás cansado, alguien te contradice, tienes veinte pendientes y además te llega ese mensajito que empieza con:

“Tenemos que hablar…”

Ahí comienza la práctica interesante. 😂

Para mí, conciencia no significa estar pensando todo el día:

“Estoy siendo consciente de que estoy siendo consciente”.

Imagínate qué cansancio.

Es algo mucho más sencillo.

Es darte cuenta.

Darte cuenta de lo que estás haciendo mientras lo haces.

De lo que estás sintiendo mientras lo sientes.

De cómo estás reaccionando antes de convertir automáticamente esa reacción en una acción.

Porque gran parte del día podemos vivir respondiendo casi en automático.

Suena el teléfono: lo agarramos.

Nos molestamos: contestamos.

Sentimos ansiedad: buscamos distraernos.

Estamos cansados: seguimos trabajando.

Tenemos hambre: comemos.

Terminamos de comer: seguimos comiendo. 😂

No necesariamente porque hayamos decidido conscientemente hacerlo, sino porque la secuencia ya arrancó.

Estímulo → reacción.

La conciencia mete un pequeño espacio en medio.

Estímulo → me doy cuenta → respondo.

Y ese pequeño espacio puede cambiar muchísimo.

No necesitas convertirte en otra persona.

Necesitas empezar a observar a la persona que ya eres mientras vive.

Imagínate que alguien te hace un comentario que te molesta.

Tu primera reacción aparece.

El cuerpo se tensa.

La cara cambia.

Surge una respuesta en la cabeza.

Hasta ahí quizá no elegiste demasiado.

Pero entonces aparece ese instante:

“Estoy enojado.”

Eso parece insignificante, pero ya cambió algo.

Porque una cosa es estar dentro del enojo y otra comenzar a darte cuenta de que el enojo está ocurriendo.

Ahora puedes respirar.

Puedes esperar.

Puedes preguntar.

Puedes hablar.

Puedes incluso decidir que sí necesitas poner un límite.

La conciencia no significa volverte pasivo.

Significa dejar de reaccionar sin darte cuenta.

Y esto no solamente ocurre con emociones intensas.

La vida cotidiana está llena de pequeñas oportunidades.

Cuando comes, ¿estás comiendo o viendo el teléfono?

Cuando alguien te habla, ¿estás escuchando o preparando tu respuesta?

Cuando caminas, ¿estás caminando o ya estás mentalmente en el lugar al que vas?

Cuando descansas, ¿realmente descansas o estás sintiéndote culpable porque “deberías” estar haciendo otra cosa?

Cuando trabajas, ¿estás trabajando o brincando entre cinco pendientes cada tres minutos?

Eso también es conciencia.

No necesitas una montaña, incienso ni una túnica blanca ondeando dramáticamente con el viento. 😂

Necesitas estar aquí.

Porque la vida real es el lugar donde se practica.

Tu casa.

Tu trabajo.

Tu comida.

Tu cuerpo.

Tus conversaciones.

Tus decisiones.

Tu cansancio.

Tus relaciones.

Tus cinco minutos antes de dormir.

Ahí puedes observarte.

Y mientras más te observas, empiezas a descubrir cosas interesantes.

Tal vez no estabas enojado solamente por lo que alguien dijo.

Ya estabas cansado.

Tal vez no querías abandonar ese proyecto.

Estabas saturado.

Tal vez no necesitabas contestar inmediatamente.

Necesitabas esperar diez minutos.

Tal vez no necesitabas hacer más.

Necesitabas detenerte lo suficiente para darte cuenta de qué estabas haciendo.

Por eso la conciencia no debería alejarnos de la vida cotidiana.

Debería meternos más profundamente en ella.

Sentir cuando caminamos.

Escuchar cuando escuchamos.

Comer cuando comemos.

Descansar cuando descansamos.

Hablar sabiendo qué estamos diciendo.

Y reconocer cuando algo dentro de nosotros comienza a moverse.

No vamos a conseguirlo todo el tiempo.

Precisamente por eso es práctica.

Te vas a distraer.

Vas a reaccionar.

Alguna vez vas a mandar el mensaje y tres segundos después pensar:

“Chin… quizá debí respirar primero.” 😂

También eso puede convertirse en conciencia.

Te das cuenta.

Aprendes.

Regresas.

No necesitas esperar al lunes, al próximo retiro, al inicio del año o a convertirte mágicamente en tu versión iluminada 4.0.

Puedes practicar en los próximos treinta segundos.

Deja el teléfono un momento.

Siente tu cuerpo.

Observa cómo estás respirando.

Mira alrededor.

Y pregúntate:

¿Dónde estoy realmente en este momento?

No dónde debería estar.

No dónde quisiera estar.

No dónde estará tu vida dentro de cinco años.

Aquí.

Porque quizá una de las cosas más extrañas que podemos hacer es pasar años buscando una vida mejor mientras apenas estamos presentes en la que ya tenemos.

Hoy prueba algo mucho más pequeño.

Elige una actividad cotidiana: tomar café, bañarte, caminar, comer, escuchar a alguien o simplemente respirar.

Y durante unos minutos…

haz solamente eso.

A ver qué descubres cuando dejas de correr detrás de tu vida y finalmente llegas a ella.

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