¿Y si Yom Kippur no fuera un día para sentirte culpable por todo lo que hiciste mal?
¿Y si fuera exactamente lo contrario?
Un día para recuperar tu poder.
Desde la perspectiva que estamos estudiando en Kabbalah, Yom Kippur no se plantea simplemente como llegar diciendo: “Perdón por lo que hice”, sentirnos terribles un rato y después regresar exactamente a los mismos hábitos.
Porque entonces… ¿qué cambió?
Aquí aparece una de las ideas que más me gustan de este estudio:
responsabilidad es diferente a culpa.
Si lastimé a alguien, reconocerlo importa. Pero el trabajo no termina diciendo “lo siento”. La verdadera pregunta sería:
¿Qué Luz puedo traer ahora para transformar aquello que generé?
Eso cambia completamente la conversación.
Ya no estoy parado frente a mi pasado castigándome.
Estoy parado frente a mi presente preguntándome qué voy a hacer con él.
Y por eso Yom Kippur culmina los diez días de Teshuvá.
Teshuvá no se queda únicamente mirando hacia atrás. Nos lleva a observar lo que hicimos, reconocerlo y regresar hacia nuestro verdadero propósito.
Y aquí viene otra idea hermosa del texto.
En nuestra vida cotidiana vivimos en lo que la Kabbalah llama Maljut, el mundo del 1%.
Es el mundo de lo visible, lo inmediato, lo que aparentemente está ocurriendo frente a nosotros.
El problema comienza cuando creemos que eso es todo.
“Perdí esto.”
“Ya no hay solución.”
“Esto salió mal.”
“Nunca voy a poder.”
“Ya se acabó.”
Y entonces comienza la película. 😂
El texto utiliza precisamente la imagen de una sala de cine.
Para poder ver una película necesitamos oscuridad.
Cuando encendemos la luz, la película deja de dominar nuestra percepción.
¿Y cuántas películas proyectamos nosotros diariamente?
La preocupación.
El miedo.
El estrés.
La misma conversación repetida cincuenta veces dentro de nuestra cabeza.
El “¿y si pasa esto?”
El “seguramente aquello significa esto otro”.
Y cuando nos damos cuenta ya tenemos película, segunda parte, precuela y universo cinematográfico completo. 😂
La enseñanza de Yom Kippur propone algo diferente:
enciende la Luz.
Eso no significa negar que tenemos problemas o desafíos.
Significa dejar de confundir un momento de oscuridad con la ausencia definitiva de Luz.
Hay una diferencia enorme entre decir:
“No sé cuál es la solución.”
y decir:
“Dudo que exista una solución.”
En el primer caso todavía existe apertura.
No tengo la respuesta, pero sigo buscándola.
En el segundo ya cerré la puerta.
Yom Kippur nos invita a trabajar precisamente con nuestra conciencia.
Por eso el texto habla de cinco conexiones y cinco restricciones.
Las conexiones son presentadas como una manera de alimentar al alma; y las restricciones no aparecen como castigos, sino como una decisión consciente de no alimentar durante ese periodo aquello que nos mantiene sujetos únicamente a la conciencia corporal y a la carencia.
Dicho sencillo:
por un momento dejamos de obedecer automáticamente cada “quiero”, “necesito”, “dame”, “me falta” y “yo primero”.
Y escuchamos otra cosa.
¿Qué quiere realmente mi alma?
Ahí aparece Biná.
En el texto, la conciencia de Biná se expresa mediante una frase extraordinariamente sencilla:
“La única razón por la que quiero recibir es para compartir.”
Eso merece detenernos un poquito.
Porque normalmente pedimos:
“Quiero dinero.”
“Quiero pareja.”
“Quiero reconocimiento.”
“Quiero oportunidades.”
“Quiero que esto salga como yo quiero.”
Pero Yom Kippur nos obliga a hacer una pregunta mucho más profunda:
¿Para qué quiero recibir eso que estoy pidiendo?
Porque recibir no es el problema.
El punto es qué vamos a hacer con aquello que recibimos.
Si quiero recibir solamente para llenar mi carencia, puedo terminar teniendo más y sintiendo exactamente el mismo vacío.
Pero si mi deseo empieza a convertirse en una vasija para compartir, entonces cambia la conciencia con la que recibo.
Y todavía falta algo precioso.
Las palabras.
El texto presenta Kol Nidre como una conexión relacionada con las promesas y con recuperar el poder de nuestra palabra.
Piénsalo.
¿Cuántas veces hemos dicho:
“Ahora sí voy a cambiar.”
“Te prometo que lo voy a hacer.”
“Mañana comienzo.”
“Esta vez sí.”
Y después… grillitos. 🦗😂
Cada promesa incumplida va creando una distancia entre aquello que decimos y aquello que hacemos.
Por eso este trabajo no consiste únicamente en pronunciar palabras bonitas.
Se trata de devolverle peso a nuestra palabra.
Que cuando diga algo, exista conciencia detrás.
Y finalmente aparece Neilá, la última conexión.
El texto la relaciona con asegurar, fijar nuestra conciencia en aquello para lo que verdaderamente estamos aquí.
Porque quizá nuestro problema no sea que no tenemos propósito.
Tal vez estamos distraídos.
Nos levantamos y aparecen pendientes.
Mensajes.
Problemas.
Dinero.
Relaciones.
Trabajo.
Preocupaciones.
Y cuando menos nos damos cuenta llevamos años resolviendo cosas urgentes sin preguntarnos qué era realmente importante.
Una pequeña desviación puede parecer insignificante hoy.
Pero mantenida durante años puede alejarnos muchísimo del camino que originalmente queríamos recorrer.
Por eso Yom Kippur puede convertirse en una pregunta tremendamente personal:
¿En qué quiero fijar mi conciencia durante este nuevo ciclo?
No solamente:
“¿Qué quiero recibir?”
Sino:
“¿Para qué quiero recibirlo?”
No solamente:
“¿Qué hice mal?”
Sino:
“¿Qué voy a hacer diferente?”
No solamente:
“¿Qué perdí?”
Sino:
“¿Estoy permitiendo que la oscuridad me convenza de que la Luz desapareció?”
Y quizá ahí podamos comprender por qué el texto insiste tanto en que Yom Kippur no debe reducirse a culpa, sufrimiento o castigo.
Es una oportunidad para recordar quién está conduciendo.
Durante el año probablemente volveremos a distraernos.
Nos vamos a enojar.
Vamos a tener miedo.
Habrá momentos de duda.
Volverán algunas películas mentales.
Somos humanos.
Pero podemos recordar que existe otra conciencia.
Podemos volver.
Podemos hacer Teshuvá.
Podemos recuperar nuestra palabra.
Podemos transformar el deseo.
Podemos volver a elegir.
Así que antes de entrar en Yom Kippur, toma unos minutos y escribe tres cosas:
¿Qué patrón ya no quiero seguir alimentando?
¿Qué quiero recibir y para qué quiero recibirlo?
¿Cuál es la promesa conmigo y con mi propósito que quiero recuperar?
No necesitas escribir veinte páginas.
Una respuesta verdaderamente sincera puede abrir muchísimo más que cien respuestas bonitas.
Porque quizá el gran trabajo de Yom Kippur no sea convencer a la Luz de que nos dé otra oportunidad.
Quizá sea dejar de distraernos lo suficiente para reconocer qué vamos a hacer nosotros con ella.

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