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No viniste a escapar del mundo: viniste a convertir tu vida en una ofrenda

בס״ד ¿Y si el propósito espiritual del ser humano no fuera escapar de esta vida… sino aprender a vivirla tan profundamente conectado que nuestra propia existencia se convierta en servicio? El texto que estamos estudiando comienza con Adam en el Gan Ëden, el Jardín del Edén. Berreshit 2:15 expresa su tarea con dos palabras: לעבדה…

בס״ד

¿Y si el propósito espiritual del ser humano no fuera escapar de esta vida… sino aprender a vivirla tan profundamente conectado que nuestra propia existencia se convierta en servicio?

El texto que estamos estudiando comienza con Adam en el Gan Ëden, el Jardín del Edén.

Berreshit 2:15 expresa su tarea con dos palabras:

לעבדה ולשמרה — LeÄvedáh Uleshameráh.

“Trabajarlo y preservarlo”.

Pero aquí aparece una lectura mística preciosa.

El texto relaciona לעבדה, LeÄvedáh, con עבודה, Ävodá, entendida como “servicio al Creador”.

Entonces trabajar el jardín adquiere una dimensión diferente.

Adam no solamente tenía algo que hacer.

Su propia existencia debía convertirse en servicio.

Y el texto lleva esta idea todavía más lejos: Adam mismo estaba destinado a ser la “ofrenda”.

Un sacrificio vivo.

Esto no significa, dentro del texto que estamos estudiando, destruir el cuerpo o despreciar la existencia. Todo lo contrario: Adam debía realizar este estado mientras vivía dentro de un cuerpo.

Ahí está lo impresionante.

Porque a veces imaginamos la espiritualidad como algo que ocurre lejos de nuestra vida cotidiana.

Primero termino los pendientes.

Luego resuelvo los problemas.

Luego consigo tranquilidad.

Y cuando finalmente nadie me mande WhatsApps, nadie toque la puerta y mágicamente desaparezcan todas las cuentas… entonces seré espiritual. 😂

Pero Adam estaba dentro del jardín.

Vivo.

Con una tarea.

Y precisamente ahí debía existir la conexión.

El texto compara esta condición original de Adam con las almas de los Tzaddikim, palabra que aquí se refiere a las “personas justas”.

Según el pasaje que estamos estudiando, después de abandonar esta tierra y sus cuerpos, sus almas son ofrecidas por el arcángel Mijael en el Altar Celestial.

¿Y cuál es la diferencia que nos interesa?

Que Adam debía experimentar durante su propia vida aquello que aparece descrito respecto de esas almas después de abandonar el cuerpo.

Es decir:

la cercanía no estaba reservada únicamente para después de la vida.

El texto utiliza entonces una palabra fundamental:

דבקות — Devekut.

Devekut significa aquí “apego a HaShem”.

No estamos hablando simplemente de saber cosas acerca del Creador.

Estamos hablando de cercanía.

Y para profundizarlo aparece otra palabra:

קרב — Karav: “cercano”.

En ese mundo ideal descrito por el texto, esta cercanía habría existido durante la propia vida del ser humano.

Eso cambia mucho nuestra pregunta espiritual.

En lugar de preguntarnos únicamente:

“¿Cuánto sé?”

podríamos comenzar preguntándonos:

“¿Qué tan cerca vivo?”

Porque podemos conocer palabras.

Podemos estudiar conceptos.

Podemos hablar de espiritualidad.

Pero el texto coloca el énfasis en algo mucho más profundo:

Devekut.

Apego.

Cercanía.

Relación.

Y entonces llegamos a Adam.

El texto explica que el hombre en esta tierra fue creado a imagen del Adam que se sienta en el “Trono” en las Regiones Celestiales.

Esta dimensión corresponde a:

אצילות — Atzilut.

Atzilut significa “Emanación”.

Y aquí encontramos el punto más elevado de toda esta enseñanza.

El texto afirma que Atzilut es el dominio desde el cual resulta posible la unificación con el אין סוף, En Sof: “Infinito”.

Mira el recorrido:

Adam está en Gan Ëden.

Tiene una tarea: LeÄvedáh Uleshameráh, trabajarlo y preservarlo.

Ese trabajo adquiere dimensión de Ävodá, servicio al Creador.

Adam mismo se convierte en la ofrenda.

La finalidad es Devekut, apego a HaShem.

Devekut implica Karav, cercanía.

El ser humano refleja al Adam celestial relacionado con Atzilut, Emanación.

Y desde Atzilut aparece la posibilidad de unificación con En Sof, el Infinito.

Entonces el recorrido espiritual presentado aquí no comienza rechazando nuestra existencia.

Comienza viviéndola como servicio.

Y esto me parece tremendamente actual.

Porque quizá nuestra pregunta no tendría que ser siempre:

“¿Qué tengo que conseguir?”

También podríamos preguntarnos:

“¿En qué estoy convirtiendo mi vida?”

¿En ruido?

¿En automático?

¿O en servicio?

Porque Ävodá nos propone una imagen completamente diferente de la existencia.

No solamente hacer.

Servir.

No solamente existir.

Acercarnos.

No solamente conocer.

Unificarnos.

Quizá por eso Adam no fue colocado en el jardín simplemente para contemplarlo.

Tenía que trabajarlo y preservarlo.

La espiritualidad presentada en este texto tiene tarea.

Tiene presencia.

Tiene responsabilidad.

Y tiene dirección.

Desde el jardín…

hacia la cercanía.

Desde la cercanía…

hacia Devekut.

Desde Atzilut…

hacia la posibilidad de unión con En Sof.

Así que hoy te quiero dejar una pregunta muy sencilla:

¿Y si tu vida cotidiana pudiera convertirse también en Ävodá?

No mañana.

No cuando todo esté resuelto.

No cuando seas perfecto.

Hoy.

Porque según la imagen de Adam que presenta este texto, el ser humano no estaba destinado únicamente a buscar al Infinito después de abandonar su existencia.

Estaba llamado a vivir la cercanía mientras todavía estaba dentro del jardín.

Y quizá ése sea uno de los mensajes más hermosos que podemos llevarnos:

**no solamente estás viviendo tu vida.

Puedes convertir tu manera de vivirla en servicio.**

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