Vivimos en una época donde parece que todo da igual. Da igual dónde trabajas, dónde estudias, dónde oras o dónde agradeces. Mientras tengas buena intención, pensamos que cualquier sitio funciona.

Pero la Torá presenta una idea diferente.
Hashem no pide que cada persona invente su propio lugar de encuentro. Habla de un lugar elegido, un sitio donde Su Nombre habría de habitar.
Eso nos enseña algo muy profundo.
Cuando el pueblo ofrecía sus sacrificios, llevaba sus ofrendas y peregrinaba a Jerusalén, no sólo estaba viajando por un camino físico. También estaba dejando atrás sus preocupaciones cotidianas para recordar cuál era el centro de su vida.
Jerusalén se convierte así en un punto de unidad. Personas de distintas tribus, con historias diferentes, caminaban hacia un mismo destino. Todos dirigían su corazón hacia el mismo propósito.
Tal vez ese sea el mensaje que más necesitamos hoy.
Vivimos con la atención fragmentada. Un poco en el teléfono, otro poco en el trabajo, otro en las preocupaciones del mañana.
Sin embargo, la vida cambia cuando volvemos a tener un centro.
La Torá nos recuerda que aquello que consideramos sagrado merece tiempo, presencia y dedicación. No se trata de hacer las cosas de cualquier manera, sino de dirigir conscientemente nuestro corazón hacia aquello que realmente importa.
Quizá todos necesitamos encontrar nuevamente nuestro “Jerusalén”: ese espacio donde dejamos de correr, recordamos quiénes somos y volvemos a encontrarnos con Hashem.
Porque cuando el corazón encuentra su centro, todo lo demás comienza a ordenarse.
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