Vivimos pensando que cada persona es una historia completamente independiente. “Mi vida”, “mis problemas”, “mi camino”. Pero la Parashat Ëkev nos invita a mirar mucho más profundo.
El texto explica que todas las almas que reencarnaron en nuestra generación provienen del cuerpo de Adam HaRishón, el primer hombre. No habla de individuos aislados, sino de un origen espiritual compartido.
Esta idea cambia nuestra perspectiva.
Si todos procedemos del mismo origen, entonces ninguno camina completamente solo. Formamos parte de una misma historia y participamos en un mismo proceso de crecimiento.
El texto también señala que la parte del cuerpo de Adam que aún necesita corrección corresponde a sus pies y sus talones. Es precisamente ahí donde nuestra generación tiene su trabajo espiritual.
Eso significa que nuestra vida cotidiana, con sus decisiones, retos y aprendizajes, forma parte de una misión mucho más grande de lo que alcanzamos a percibir.
Cada paso consciente no solo transforma nuestra propia vida; también participa en la corrección de aquello que compartimos desde nuestro origen espiritual.
Quizá por eso la verdadera pregunta no sea quién soy únicamente yo.
Tal vez también sea…
¿De qué manera puedo honrar el origen del que todos provenimos?

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