Te voy a hacer una pregunta medio incómoda:
¿Cómo reconoces a un líder espiritual?
¿Por la ropa?
¿Por el título?
¿Por cuántos años lleva estudiando?
¿Por cuánta gente lo sigue?
¿Por cómo habla?
¿Por su cara de “yo ya entendí los secretos del universo y tú todavía te enojas en el tráfico”? 😅
Porque ahí podemos confundirnos.
Parashat Mattot abre una conversación profundamente humana al hablar de los jefes de las tribus y llevarnos hacia una idea que cambia por completo la manera de entender el liderazgo:
Tener más herramientas no te hace superior. Puede darte más responsabilidad.
Y esto… cambia todo.
Porque normalmente imaginamos el liderazgo como una escalera.
Uno está arriba.
Los demás abajo.
Uno sabe.
Los demás escuchan.
Uno dirige.
Los demás siguen.
Pero el texto nos propone otra imagen mucho más poderosa:
Un barco. 🚢
En un barco existe un capitán, sí.
Tiene una función particular.
Puede ayudar a orientar la dirección.
Puede mirar el rumbo.
Puede asumir decisiones.
Pero hay un pequeño detalle que el ego suele olvidar:
el capitán no puede dirigir el barco sin el trabajo y la dedicación de los marineros.
Así de sencillo.
Un capitán sin tripulación no es un gran líder.
Es un señor con problemas bastante serios en medio del mar. 😂
Y aquí aparece el verdadero significado del liderazgo espiritual.
No consiste en pensar:
“Yo soy más importante.”
Sino en comprender:
“Tengo una responsabilidad particular.”
No consiste en decir:
“Yo sé más que tú.”
Sino en preguntarse:
“¿Qué estoy haciendo con lo que sé?”
No consiste en acumular herramientas para construir un pedestal.
Consiste en utilizarlas para revelar Luz.
Y esto toca una fibra muy profunda porque el texto insiste en que no debemos considerarnos mejores ni peores que nadie.
Ni superiores.
Ni inferiores.
Porque ambas comparaciones pueden distraernos de nuestro verdadero trabajo.
Si me siento superior, dejo de mirar mi responsabilidad.
Si me siento inferior, puedo dejar de reconocer lo que tengo para aportar.
En ambos casos, termino mirando demasiado al pasajero de al lado…
y demasiado poco mi propia función en el barco.
El texto presenta una historia maravillosa.
Dos comerciantes viajan para comprar mercancía.
Uno paga en efectivo y compra solamente lo que puede pagar.
El otro compra muchísimo, pero a crédito.
Desde afuera, ¿quién parece tener más?
El segundo.
Tiene más cajas.
Más mercancía.
Más volumen.
Más apariencia de abundancia.
Pero también tiene una responsabilidad pendiente.
Y ahí aparece una enseñanza enorme:
No puedes medir a una persona solamente por la cantidad de herramientas que ves.
Alguien puede tener más conocimiento.
Más experiencia.
Más capacidad.
Más influencia.
Más posibilidades de conectar con la Luz.
Pero eso no necesariamente significa que sea “mejor”.
Puede significar que tiene una deuda mayor con su propio potencial.
Que tiene más responsabilidad de usar lo recibido.
Que se espera más de sus herramientas porque posee más herramientas.
¡Pum! 💥
Entonces el liderazgo espiritual deja de ser premio…
y se convierte en compromiso.
Y esto no aplica solamente a rabinos, maestros, terapeutas, instructores o personas que encabezan comunidades.
Aplica en la vida cotidiana.
Quizá en tu familia tú eres quien mantiene la calma cuando todos se alteran.
Esa es una herramienta.
Quizá sabes escuchar.
Esa es una herramienta.
Quizá tienes experiencia.
Esa es una herramienta.
Quizá puedes explicar algo complicado de manera sencilla.
Esa es una herramienta.
Quizá puedes organizar.
Sostener.
Orientar.
Acompañar.
Dar claridad.
Esa es una herramienta.
La pregunta no es si eso te vuelve superior.
La pregunta es:
¿Qué responsabilidad te da?
Porque desde la enseñanza de Mattot, quien tiene más para ofrecer respecto a la dirección puede ser capitán…
pero sigue estando en el mismo barco.
No deja de necesitar a los demás.
No deja de formar parte del viaje colectivo.
No deja de depender de fortalezas que quizá él mismo no posee.
Y aquí hay algo precioso:
El verdadero líder espiritual reconoce el valor de las capacidades particulares de cada persona.
No necesita apagar a otros para parecer brillante.
No necesita hacer pequeños a los demás para sentirse grande.
No necesita competir con su propia tripulación.
Porque entiende algo básico:
Si el barco llega, llegamos juntos.
Por eso quizá el liderazgo espiritual no debería medirse por cuántas personas te obedecen.
Sino por cuánta responsabilidad eres capaz de asumir con las herramientas que recibiste.
Por cuánta Luz revelas.
Por cuánto ayudas al viaje.
Por cuánto reconoces que los demás también tienen fortalezas y capacidades especiales.
Y por tu dedicación a mantener la ruta correcta.
Hoy quiero proponerte una microacción.
Piensa en una herramienta que tengas más desarrollada que otras personas.
Solo una.
Tal vez conocimiento.
Paciencia.
Experiencia.
Capacidad de escuchar.
Organización.
Claridad.
Sensibilidad.
Y durante las próximas 24 horas no la uses para demostrar que eres mejor.
Úsala para ayudar a alguien a avanzar.
Después observa qué sucede dentro de ti.
Porque quizá el verdadero líder espiritual no es quien logra colocarse más arriba…
sino quien, teniendo herramientas para orientar, recuerda que jamás dejó de estar en el mismo barco. 🚢✨

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