Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos y que, sin embargo, puede cambiar por completo la manera en que vivimos:
¿Estoy viendo la realidad o solamente mi versión de la realidad?
La diferencia parece pequeña, pero es enorme.
La Parashá nos presenta un detalle fascinante. Cuando Moshé necesitó una visión clara para el pueblo, pidió ayuda a alguien que estaba fuera del marco de referencia israelita: Itró.
Y esto encierra una enseñanza profunda.
Muchas veces creemos que conocemos perfectamente una situación porque estamos dentro de ella.
Pero precisamente por estar tan involucrados emocionalmente, dejamos de verla con claridad.
Es como intentar leer una etiqueta pegada a nuestra propia frente.
Mientras más cerca estamos, más difícil resulta verla.
Por eso la neutralidad es tan valiosa.
La neutralidad no significa indiferencia.
No significa no sentir.
No significa dejar de participar.
Significa tener la capacidad de observar sin convertir todo en algo personal.
Y eso es más difícil de lo que parece.
Cuando alguien opina diferente, solemos interpretarlo como un ataque.
Cuando las cosas no salen como esperábamos, creemos que la vida está en nuestra contra.
Cuando una situación nos incomoda, rápidamente buscamos culpables.
No porque la realidad sea así.
Sino porque nuestros filtros personales entran en acción.
El ego tiene una habilidad extraordinaria para convencernos de que somos completamente objetivos mientras defiende nuestros intereses.
Por eso la enseñanza de Itró resulta tan poderosa.
Moshé entendía que alguien externo podía observar aspectos que quienes estaban dentro no podían percibir.
No porque fuera más inteligente.
Sino porque estaba menos involucrado emocionalmente.
Y eso le permitía ver con mayor claridad.
Todos hemos vivido algo parecido.
Cuando un amigo tiene un problema sentimental solemos ver la situación con claridad.
Pero cuando el problema es nuestro, la claridad desaparece misteriosamente.
Lo mismo ocurre con decisiones, conflictos y preocupaciones.
La cercanía emocional muchas veces nubla nuestra visión.
Por eso la espiritualidad nos invita a convertirnos en “ojos”.
No ojos que juzgan.
No ojos que condenan.
No ojos que buscan errores.
Sino ojos que observan.
Ojos que buscan comprender.
Ojos que intentan ver la realidad antes de interpretarla.
La verdad rara vez necesita adornos.
La verdad suele aparecer cuando dejamos de empujar la realidad para que coincida con nuestras preferencias.
Cuando dejamos de preguntar:
“¿Qué me conviene?”
Y comenzamos a preguntar:
“¿Qué es lo que realmente está ocurriendo?”
Ahí nace la objetividad espiritual.
No desde la frialdad.
Sino desde la humildad.
Porque la humildad permite reconocer que quizá no estamos viendo todo.
Que quizá nuestros deseos, miedos y expectativas están coloreando lo que observamos.
Y cuando soltamos esos filtros por un momento, algo extraordinario sucede.
La realidad comienza a mostrarse con más claridad.
Y muchas veces descubrimos que aquello que parecía un problema era solamente una interpretación.
La gran lección de esta enseñanza es sencilla:
No siempre necesitamos más información.
A veces necesitamos menos ego.
Porque cuando el ego baja el volumen, la verdad encuentra espacio para hablar.
Y cuando la verdad habla, el camino se vuelve mucho más claro.

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