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¿Y si el problema no es la realidad… sino los lentes del ego?

Hay una idea que aparece una y otra vez en las enseñanzas de Shelaj-Lejá y que, cuando uno la entiende, empieza a ver la vida de una manera completamente distinta. La idea es sencilla, pero profundamente transformadora: No siempre vemos la realidad tal como es. Muchas veces vemos la realidad tal como nos conviene verla.…

Hay una idea que aparece una y otra vez en las enseñanzas de Shelaj-Lejá y que, cuando uno la entiende, empieza a ver la vida de una manera completamente distinta.

La idea es sencilla, pero profundamente transformadora:

No siempre vemos la realidad tal como es.

Muchas veces vemos la realidad tal como nos conviene verla.

Y ahí entra en escena lo que la Kabbalah llama el Deseo de Recibir para Sí Mismo.

Suena complicado, pero en realidad lo vemos todos los días.

Imagina que dos personas observan exactamente la misma situación.

Una ve una oportunidad.

La otra ve una amenaza.

Una ve crecimiento.

La otra ve pérdida.

La pregunta es: ¿cuál de las dos está viendo la realidad?

La respuesta es interesante.

Quizá ninguna la está viendo completamente.

Quizá ambas están viendo la situación filtrada por sus propios intereses.

Y eso es precisamente lo que hace el ego.

No necesariamente miente.

Simplemente acomoda la información para proteger aquello que considera importante.

El problema es que muchas veces lo que considera importante no es la verdad.

Es la comodidad.

Es el control.

Es la necesidad de tener razón.

Es la necesidad de ganar.

Es la necesidad de sentirnos seguros.

Por eso el ego tiene una habilidad extraordinaria: puede hacernos creer que somos objetivos cuando en realidad estamos defendiendo nuestros intereses.

Y esto nos ocurre constantemente.

Cuando discutimos.

Cuando tomamos decisiones.

Cuando evaluamos personas.

Cuando juzgamos situaciones.

Cuando pensamos sobre nuestro futuro.

Creemos que estamos viendo lo que es.

Pero muchas veces estamos viendo lo que queremos que sea.

O lo que tememos que sea.

El apego es una de las raíces de este fenómeno.

Cuando estamos demasiado apegados a una idea, a una imagen, a un resultado o a una posición, nuestra visión comienza a deformarse.

Es como mirar un paisaje a través de un cristal de color.

Seguimos viendo cosas reales.

Pero ya no las vemos con claridad.

La objetividad espiritual consiste precisamente en limpiar ese cristal.

No significa dejar de sentir.

No significa volverse frío.

No significa desconectarse de la vida.

Significa observar sin convertir todo en algo personal.

Y aquí aparece una de las enseñanzas más bellas de este texto:

Mirar la vida como un turista.

Piénsalo un momento.

Cuando visitas una ciudad, observas.

Exploras.

Descubres.

Aprendes.

No te tomas todo como un ataque personal.

No haces un drama porque una calle está cerrada o porque un edificio no te gusta.

Simplemente observas.

Pero cuando creemos que todo gira alrededor de nosotros, cada detalle se convierte en un conflicto.

Cada diferencia se vuelve una amenaza.

Cada cambio parece una pérdida.

El turista observa.

El ego reacciona.

El turista aprende.

El ego defiende.

El turista descubre.

El ego interpreta.

Y ahí está una gran diferencia.

La conciencia elevada nace cuando aprendemos a observar más y reaccionar menos.

Cuando dejamos espacio entre lo que sucede y la historia que nuestra mente cuenta sobre lo que sucede.

Porque muchas veces el sufrimiento no viene del hecho.

Viene de la interpretación.

Y la interpretación suele estar alimentada por el interés personal.

Queremos que las cosas ocurran de cierta manera.

Queremos que las personas actúen como nosotros esperamos.

Queremos que la vida siga nuestros planes.

Y cuando eso no ocurre, sentimos frustración.

Pero la realidad no siempre está en contra de nosotros.

A veces simplemente está siguiendo su propio camino.

El desapego no significa renunciar a los sueños.

Significa dejar de depender emocionalmente de que todo ocurra exactamente como lo imaginamos.

Significa poder actuar con compromiso sin quedar atrapados por el resultado.

Significa participar plenamente en la vida sin convertirnos en prisioneros de nuestras expectativas.

Cuando hacemos esto, algo cambia.

La mente se vuelve más clara.

Las emociones más ligeras.

Las decisiones más sabias.

Y comenzamos a descubrir algo extraordinario:

Que muchas de las cosas que antes parecían problemas eran simplemente ilusiones creadas por el interés personal.

Y cuando esas ilusiones desaparecen, aparece algo mucho más valioso.

La verdad.

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