Hay algo que me ha llamado mucho la atención durante años.
He conocido personas que trabajan doce horas al día y parecen llenas de energía.
Y también he conocido personas que aparentemente tienen una vida tranquila y aun así viven agotadas.
He visto personas que alcanzan metas que muchos consideran exitosas y, sin embargo, siguen sintiendo un vacío difícil de explicar.
Y cada vez estoy más convencido de que existe un cansancio que no nace en los músculos.
Existe un cansancio que nace cuando nos alejamos de aquello para lo que vinimos a este mundo.
Porque una cosa es estar ocupado.
Y otra muy distinta es sentir que tu vida tiene sentido.
Vivimos en una época donde casi todos corremos.
Corremos para pagar cuentas.
Corremos para cumplir objetivos.
Corremos para llegar a tiempo.
Corremos para alcanzar la siguiente meta.
Y en medio de toda esa carrera, pocas veces nos detenemos a preguntarnos algo fundamental:
¿Por qué estoy haciendo todo esto?
La mayoría de las personas cree que el agotamiento aparece porque trabaja demasiado.
A veces es cierto.
Pero muchas otras veces el agotamiento aparece porque estamos invirtiendo nuestra energía en cosas que no alimentan nuestra alma.
Es como llenar un automóvil con combustible equivocado.
Por más esfuerzo que hagamos, algo no funciona correctamente.
Desde la perspectiva de la Kabbalah, el ser humano no fue creado únicamente para sobrevivir.
Fue creado para crecer.
Para transformarse.
Para compartir.
Para revelar Luz.
Y cuando vivimos desconectados de ese propósito, comenzamos a sentir una especie de hambre interior.
Es una sensación extraña.
Porque incluso cuando todo parece estar bien, algo sigue faltando.
Y esa falta de sentido termina drenando nuestra energía.
Observa algo curioso.
Cuando una persona se enamora de un proyecto que realmente le importa, puede pasar horas trabajando y sentirse viva.
Cuando alguien descubre una vocación auténtica, el esfuerzo sigue existiendo, pero se experimenta de manera diferente.
Cuando encontramos algo que conecta con nuestro corazón, aparece una energía que parecía perdida.
No porque el trabajo desaparezca.
Sino porque el propósito lo transforma.
Por eso muchas personas viven cansadas aunque duerman bien.
No porque les falten horas de sueño.
Sino porque les faltan razones para levantarse con entusiasmo.
Y aquí aparece una de las preguntas más importantes que podemos hacernos.
¿Qué es lo que realmente me hace sentir vivo?
No lo que esperan los demás.
No lo que se supone que debería gustarme.
No lo que da prestigio.
No lo que genera aplausos.
¿Qué me hace sentir vivo a mí?
La respuesta es diferente para cada persona.
Para algunos será enseñar.
Para otros será ayudar.
Para otros crear.
Para otros sanar.
Para otros aprender.
Para otros formar una familia.
Para otros construir una comunidad.
Lo importante no es que todos tengamos el mismo propósito.
Lo importante es que descubramos el nuestro.
Porque cuando dejamos de vivir en automático y comenzamos a vivir con intención, algo cambia.
La energía cambia.
La percepción cambia.
La motivación cambia.
La vida cambia.
Tal vez por eso existen personas que tienen muy poco y parecen llenas de alegría.
Y otras que tienen mucho y siguen sintiendo vacío.
Porque la plenitud nunca ha dependido únicamente de lo que tenemos.
Depende de la relación que existe entre nuestra vida y nuestro propósito.
Y quizá ese sea uno de los grandes secretos de una vida significativa.
No vivir más.
No hacer más.
No correr más.
Sino vivir más cerca de aquello que nuestra alma vino a expresar.
Por eso hoy quiero dejarte una reflexión.
Hay cansancios que se curan descansando.
Pero hay otros que sólo se curan recordando quién eres, para qué estás aquí y qué hace que tu corazón vuelva a encenderse.
Y entonces te pregunto:
¿Qué crees que es lo que más desgasta a una persona?
Y más importante aún…
¿Qué es lo que la hace volver a sentirse viva?

Deja un comentario