Si hay algo que la Kabbalah aclara desde el inicio —y que muchas veces se malinterpreta— es esto: el deseo no es el problema. De hecho, el deseo es la materia prima del alma. Sin deseo no hay movimiento, no hay crecimiento, no hay vida. El trabajo espiritual no consiste en eliminar el deseo, sino en transformar la forma en que lo usamos.
El Zóhar es contundente: toda la creación surge del Deseo de Recibir. El alma fue creada con la capacidad de recibir placer, Luz y realización. El conflicto comienza cuando ese deseo se expresa únicamente desde el “yo”, desconectado del impacto que genera en los demás y en el sistema completo.
A esto la Kabbalah lo llama Deseo de Recibir Solo para Uno Mismo. No es maldad; es inmadurez espiritual. Psicológicamente, se parece mucho a una conciencia egocéntrica: reacciono para protegerme, acumular, defenderme, aun cuando eso me aísle o me vacíe por dentro. El resultado es conocido: satisfacción momentánea seguida de insatisfacción crónica. Mucho esfuerzo, poco sentido.
Por eso, muchas personas “lo tienen todo” y aun así sienten un vacío difícil de nombrar. No es falta de logros; es desalineación del deseo.
En el extremo opuesto está el Deseo de Compartir. Aquí la persona descubre que dar, contribuir y cuidar genera una expansión real. La psicología contemporánea lo confirma: quienes desarrollan comportamientos prosociales experimentan mayor bienestar emocional, propósito y estabilidad interna. Sin embargo, cuando el compartir se vuelve sacrificio constante, también aparece el desgaste. Dar sin recibir termina agotando.
La Kabbalah no propone ninguno de estos extremos como solución definitiva. El Zóhar introduce una tercera vía, mucho más profunda y sostenible: el Deseo de Recibir para Compartir.
Este es el verdadero equilibrio espiritual y humano. No se trata de negar lo que quieres, sino de recibir con conciencia, sabiendo que aquello que entra en tu vida debe convertirse en canal de bien, crecimiento y Luz. Recibo para fortalecerme, para aprender, para poder dar mejor. Aquí el deseo deja de ser compulsión y se vuelve herramienta.
Desde el desarrollo humano, esto equivale a una conciencia madura: puedo atender mis necesidades sin culpa, disfrutar sin destruir, crecer sin desconectarme del otro. No vivo para quitar, ni para desaparecerme, sino para participar activamente en la vida.
Este punto es clave: no todo lo que deseas necesita desaparecer; necesita ordenarse. Cuando el deseo se alinea con propósito, la vida deja de sentirse como una lucha constante. Las decisiones se vuelven más claras. Las relaciones más sanas. El camino, más liviano.
Hoy vivimos en una cultura que empuja al exceso: más consumo, más éxito, más reconocimiento. Pero casi nadie enseña a refinar el deseo. La Kabbalah lo ha dicho por siglos y hoy es más relevante que nunca: si no transformas tu deseo, el deseo te gobierna.
Este es un momento crucial para hacer ese trabajo. No mañana, no cuando “todo esté bien”. Ahora. Porque la calidad de tu vida no depende de cuánto deseas, sino de desde dónde deseas.
Transformar el Deseo de Recibir no es una idea espiritual elevada.
Es una necesidad práctica para vivir con sentido, equilibrio y verdadera plenitud.

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