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Cuando el cuerpo olvidó a la luz: el conflicto que todavía vivimos

Hay una tensión que atraviesa toda la experiencia humana y que casi todos reconocemos, aunque no siempre sepamos nombrarla: el choque constante entre lo que el cuerpo pide y lo que el alma anhela. No es un problema moderno ni psicológico solamente. Es, según las fuentes, una consecuencia directa del Pecado Original, un quiebre que…

Hay una tensión que atraviesa toda la experiencia humana y que casi todos reconocemos, aunque no siempre sepamos nombrarla: el choque constante entre lo que el cuerpo pide y lo que el alma anhela. No es un problema moderno ni psicológico solamente. Es, según las fuentes, una consecuencia directa del Pecado Original, un quiebre que transformó la naturaleza misma de la existencia desde Adán, prototipo espiritual de toda la humanidad.

De un cuerpo de luz a un cuerpo de ocultamiento

Antes de la transgresión, el cuerpo de Adán no era un obstáculo para el alma. Era todo lo contrario. Las fuentes describen que vestía un “cuerpo de luz” (kotnot or con alef), un cuerpo que irradiaba Divinidad y revelaba el alma en lugar de esconderla. En ese estado, no había conflicto interno: el cuerpo y el alma estaban alineados, y la espiritualidad se expresaba de manera natural a través de lo físico.

El Árbol de la Vida representaba esa dimensión espiritual del alma. El Árbol del Conocimiento, en cambio, simbolizaba el potencial del cuerpo: la capacidad de revelar la santidad… o de ocultarla. Al comer del fruto prohibido, Adán invirtió el orden. La conciencia se desplazó del alma al cuerpo, y el cuerpo dejó de ser transparencia para convertirse en filtro.

Así apareció el “cuerpo de piel” (kotnot or con ain): una corporalidad densa, opaca, donde el bien y el mal quedaron mezclados. No solo Adán cayó; toda la creación descendió con él a un plano donde la claridad se perdió y la lucha interna se volvió permanente.

Dos naturalezas en tensión constante

Desde entonces, el ser humano vive una paradoja difícil de ignorar: ¿cómo pueden coexistir un alma etérea, atraída hacia Dios, y un cuerpo material, orientado a la gratificación inmediata? Esa coexistencia es asombrosa… y profundamente conflictiva.

El Rebe Najmán describe esta lucha como el choque entre dos fuerzas fundamentales. Por un lado, la fuerza de atracción (coaj hamoshej), una gravedad espiritual que tira del alma hacia su origen. Por el otro, la fuerza de repulsión (coaj hamajriaj), el peso del materialismo que retiene al alma en lo físico.

Esta tensión se ilustra de forma contundente en la historia de Los Niños Cambiados: el alma es como un príncipe criado en la casa de una sierva. Con el tiempo, olvida su origen, adopta costumbres que no le pertenecen y llega a creer que esa vida limitada es todo lo que existe. No es que el alma desaparezca; es que queda atrapada en una identidad que no es la suya.

El cuerpo: obstáculo… o instrumento

Después del pecado, el cuerpo se convirtió en una vestimenta ambigua. Puede ocultar al alma o puede revelarla. Todo depende de la dirección de la conciencia.

Cuando la persona persigue únicamente el placer, el poder o la comodidad, el cuerpo se vuelve un muro. Pero cuando busca la Divinidad, ese mismo cuerpo puede refinarse hasta convertirse en un canal de luz. Las fuentes recuerdan que Moisés alcanzó un nivel donde la espiritualidad irradiaba incluso desde su carne. El problema no es el cuerpo; es el nivel al que se lo deja operar.

No es casual que el sistema digestivo, y en especial la gula, sea señalado como la pasión principal derivada del pecado original. Comer sin conciencia fue el acto que selló la mezcla entre bien y mal, y comer sin rectificación sigue siendo uno de los mecanismos que mantiene al alma atrapada en lo material. Por eso, la misión humana hoy es el birur: un proceso constante de purificación, separación y refinamiento dentro de los propios miembros.

Muerte, purificación y esperanza

Las fuentes son claras y honestas: la perfección total no puede alcanzarse en vida. El decreto posterior al pecado implica que el cuerpo debe separarse del alma mediante la muerte. Pero esto no es una condena destructiva, sino una purificación necesaria. El cuerpo regresa a sus elementos básicos para disolver la propensión al mal que se incrustó en la carne.

La historia no termina ahí.

La Resurrección representa la rectificación final. En ese estado, el cuerpo volverá a unirse al alma, ya no como carcelero ni límite, sino como servidor amoroso. Reconocerá voluntariamente la realeza del espíritu y se convertirá en un templo estable para la luz eterna.

El conflicto iniciado en el Edén no se resuelve eliminando el cuerpo, sino transformándolo.

Una urgencia silenciosa

Este no es un relato simbólico del pasado. Es una descripción precisa de lo que vivimos hoy. Cada vez que el cuerpo manda y el alma calla, el Edén se vuelve a cerrar. Cada vez que el cuerpo se refina y el alma dirige, una chispa de redención se activa.

Vivimos en una época donde el cuerpo es exaltado, explotado y agotado, pero raramente santificado. Comprender este conflicto no es un lujo teológico; es una necesidad urgente. Porque solo quien entiende la raíz de la lucha puede empezar a ordenarla.

El cuerpo no es el enemigo del alma.

Es su campo de trabajo.

Y el tiempo para refinarlo… no es infinito.

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