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Cuando extrañamos las cadenas: por qué la mente prefiere el sufrimiento conocido antes que la libertad

Te voy a regalar algo incómodo pero muy útil, de esos regalos que no vienen envueltos bonito, pero que cuando los abres te cambian la forma de verte: no siempre queremos ser libres. Decimos que sí, lo proclamamos, lo compartimos en frases inspiradoras… pero cuando la libertad llega con responsabilidad, incertidumbre y trabajo interno, muchas…

Te voy a regalar algo incómodo pero muy útil, de esos regalos que no vienen envueltos bonito, pero que cuando los abres te cambian la forma de verte: no siempre queremos ser libres. Decimos que sí, lo proclamamos, lo compartimos en frases inspiradoras… pero cuando la libertad llega con responsabilidad, incertidumbre y trabajo interno, muchas veces la mente dice: “mejor no”. Y ahí aparece un fenómeno fascinante que la Kabbalah, el Zóhar y la psicología conocen muy bien: la nostalgia por la esclavitud.

Sí, nostalgia. Extrañar algo que nos hacía daño. Desear volver a un lugar interno que nos limitaba, pero que era cómodo. El pueblo de Israel sale de Egipto y, a los pocos días, empieza a quejarse: hambre, sed, miedo, incertidumbre. Y entonces sueltan la frase clave: “¿Para esto salimos?”. No extrañan los golpes; extrañan la estructura, la falsa seguridad de saber qué pasaba mañana, aunque fuera sufrimiento.

El miedo a la libertad

La libertad no asusta porque sea mala; asusta porque no viene con manual. En Egipto todo estaba decidido: quién mandaba, qué hacías, cuándo comías. En el desierto, no. Y eso, psicológicamente, es brutal. La libertad te obliga a elegir, a equivocarte, a confiar, a sostenerte sin muletas.

Desde la psicología lo vemos todo el tiempo: personas que prefieren relaciones dañinas antes que la soledad consciente; trabajos que apagan el alma antes que el vértigo de empezar algo nuevo; hábitos destructivos antes que el silencio que obliga a escucharse. No es debilidad, es miedo. Miedo a no saber quién soy sin mis cadenas.

La Kabbalah explica que el ego —el Deseo de Recibir Solo para Uno Mismo— ama el control, incluso cuando ese control duele. Porque lo desconocido no se puede manipular. La libertad sí exige algo que el ego detesta: confianza.

La seguridad del sufrimiento conocido

Aquí viene una verdad dura pero liberadora: el sufrimiento conocido se siente más seguro que la posibilidad de algo mejor. Porque lo conocido no sorprende. Ya sabes cómo duele. Ya sabes cómo sobrevivir ahí. El desierto, en cambio, no promete comodidad, promete transformación. Y la transformación siempre desarma.

El Zóhar insinúa algo poderoso: el verdadero peligro no era Egipto, sino llevar Egipto dentro. Salir físicamente fue fácil; soltar la identidad de esclavo fue lo difícil. Porque mientras sigas pensando como esclavo, la libertad se vive como amenaza.

En desarrollo humano esto es clarísimo: no basta con cambiar el entorno si no cambia la narrativa interna. Puedes mudarte, cambiar de trabajo, de pareja, de ciudad… y repetir exactamente los mismos patrones. El desierto aparece cuando ya no puedes huir hacia atrás, pero tampoco sabes todavía cómo caminar hacia adelante.

El desierto como proceso de transformación

El desierto no es castigo, es entrenamiento. No es ausencia de Dios, es ausencia de distracciones. En el desierto no hay estructuras externas que te sostengan; por eso tienes que desarrollar una estructura interna. Ahí se revela quién eres sin títulos, sin roles, sin excusas.

La Kabbalah lo ve como una etapa inevitable: no se puede pasar de esclavitud a revelación sin atravesar el vacío. El desierto es ese espacio donde el ego pierde poder y la conciencia empieza a madurar. Donde aprendes a recibir sin exigir, a avanzar sin garantías, a confiar sin controlar.

Y sí, duele. Incomoda. Descoloca. Pero también despierta.

Hoy vivimos una versión moderna de este desierto. Mucha gente está cansada, confundida, desencantada. Se cayó la narrativa antigua, pero la nueva todavía no se siente sólida. Y justo ahí aparece la tentación de volver atrás: a lo automático, a lo conocido, a lo que “al menos ya sabemos cómo duele”.

Por eso este mensaje no puede esperar. Porque o atraviesas el desierto conscientemente, o vuelves a Egipto con nuevos nombres. La libertad no se siente cómoda al principio, pero es el único camino que lleva a una vida con sentido.

No extrañes tus cadenas.

Eran familiares, sí…

pero nunca fueron tu hogar.

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