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El Árbol que no estaba fuera: cómo el cuerpo se volvió el campo de batalla del alma

Déjame empezar con algo claro y directo: el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal no es una historia infantil ni un símbolo lejano plantado en algún jardín perdido. Es una radiografía profunda de la condición humana. Habla de ti, de mí y de todos los que vivimos atrapados entre lo que sentimos en…

Déjame empezar con algo claro y directo: el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal no es una historia infantil ni un símbolo lejano plantado en algún jardín perdido. Es una radiografía profunda de la condición humana. Habla de ti, de mí y de todos los que vivimos atrapados entre lo que sentimos en el cuerpo y lo que anhela el alma.

Según las fuentes, este Árbol representa el momento exacto en el que la humanidad pasó de una existencia predominantemente espiritual a una vida gobernada por la materialidad y el cuerpo físico. Y aquí viene el giro potente: el Árbol no era solo algo que Adán comió… era el propio cuerpo humano y su capacidad de ocultar o revelar la Luz del alma.

Antes de la transgresión, Adán no tenía un cuerpo como el que hoy conocemos. Poseía un cuerpo de luz, kotnot or escrito con alef, un cuerpo tan transparente a la Divinidad que irradiaba tal claridad que incluso los ángeles se confundían ante su presencia. El cuerpo no estorbaba al alma; la expresaba. La misión original de Adán era simple y colosal al mismo tiempo: transformar el Árbol del Conocimiento en Árbol de Vida, es decir, permitir que la luz del alma impregnara completamente al cuerpo.

Pero al comer del fruto prohibido, algo se quebró. No fue solo una desobediencia moral, fue un cambio ontológico. La Luz se ocultó y el cuerpo de luz fue sustituido por un cuerpo de piel, kotnot or con ain. El mismo sonido, otra letra, otro destino. Desde ese momento, el cuerpo dejó de revelar y empezó a esconder. Y ese ocultamiento no afectó solo al ser humano: toda la creación descendió a un estado de mezcla, donde el bien y el mal quedaron entrelazados.

Este evento también dañó algo fundamental: la capacidad de discernimiento, el Daat. El mal no entró como una fuerza monstruosa externa, sino como una confusión interna. Las fuentes lo explican con una precisión incómoda. El término Etz (árbol) está vinculado a Etzá (consejo). Al caer, el ser humano perdió el acceso al buen consejo, y en su lugar quedó atrapado en decisiones llenas de duda, ruido mental y contradicción.

A partir de ahí, la conciencia humana quedó encerrada en lo que se conoce como las Cámaras de los Intercambios, donde el mal se disfraza de bien, la oscuridad se vende como luz y lo amargo se presenta como dulce. No es casualidad que hoy vivamos confundidos, agotados y sin brújula interna. El mal opera principalmente a través de una imaginación dañada, una especie de “espíritu de locura” que nubla el intelecto y nos hace llamar libertad a lo que nos esclaviza.

La consecuencia fue contundente: mot tamut, muerte. No solo física, sino espiritual. Desde entonces, la experiencia humana está marcada por un conflicto constante: el tironeo entre las exigencias del cuerpo y los anhelos del alma. Incluso el sistema digestivo ocupa un lugar central en esta caída. Comer fue el acto que selló la transgresión, y la gula se convirtió en la pasión principal que mantiene al alma atada al cuerpo en este estado de mezcla. Comer sostiene la vida… pero también perpetúa la tensión.

Entonces, ¿qué se hace con todo esto? Aquí entra el concepto clave de la rectificación, el Tikún. No se trata de negar el cuerpo ni de huir del mundo, sino de separar nuevamente el bien del mal, paso a paso, elección por elección. El trabajo espiritual consiste en someter el cuerpo al alma, refinarlo, educarlo y volverlo un recipiente digno de la Luz. Las mitzvot no son castigos ni reglas arbitrarias: son herramientas para que el cuerpo vuelva a alinearse con su propósito original.

En este proceso, el papel de los Tzadikim es crucial. Al no estar dominados por la materialidad ni manchados por el Árbol del Conocimiento, pueden ofrecer el buen consejo que el ser humano perdió. No porque sean perfectos, sino porque ya no negocian con la confusión. Ellos señalan el camino de regreso al Árbol de Vida.

Y sí, incluso la muerte cumple una función dentro de este sistema. En el estado actual, el cuerpo debe separarse del alma para purificarse de su inclinación al mal, regresar a la tierra y esperar la Resurrección, donde cuerpo y alma se reunirán de nuevo, pero esta vez sin ocultamiento, sin mezcla, sin sombra.

En el fondo, el Árbol del Conocimiento simboliza la caída en la conciencia corpórea, donde el cuerpo se volvió una vestimenta de oscuridad. Pero también encierra una promesa: ese mismo cuerpo puede volver a iluminarse. El tiempo de ignorar este trabajo ya pasó. Hoy, más que nunca, la tarea es urgente: refinar el cuerpo, aclarar la mente y devolverle al alma su lugar central. Porque el Edén no se perdió afuera. Se olvidó adentro.

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