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Cuando olvidas a las personas, también olvidas a Di-s

Hay una enseñanza profunda en la Kabbalah que resulta tan simple como incómoda: no se puede olvidar a las personas sin empezar a olvidar al Creador. No porque Di-s se ofenda o se retire, sino porque la conciencia humana funciona por hábitos. Y el hábito de no reconocer al otro termina por borrar también la…

Hay una enseñanza profunda en la Kabbalah que resulta tan simple como incómoda: no se puede olvidar a las personas sin empezar a olvidar al Creador. No porque Di-s se ofenda o se retire, sino porque la conciencia humana funciona por hábitos. Y el hábito de no reconocer al otro termina por borrar también la Fuente de toda bendición.

La Kabbalah explica que la Luz no llega al mundo de manera directa y abstracta. Siempre lo hace a través de intermediarios: personas, situaciones, palabras, actos concretos. Cuando una persona nos ayuda, nos sostiene o nos abre una puerta, esa persona no es la fuente última, pero sí es el canal. Olvidar al canal es entrenar a la conciencia a no reconocer la procedencia de la Luz.

Aquí la tesis es clara y firme: la falta de conciencia cotidiana es el primer paso hacia la desconexión espiritual. Cuando dejamos de agradecer lo pequeño —la vista al despertar, el alimento, la ayuda recibida, la paciencia de otros— dejamos de percibir la bendición constante que nos rodea. No porque haya desaparecido, sino porque nuestra atención ya no está afinada para verla.

Las fuentes kabbalísticas insisten en este punto. El Zóhar enseña que quien no reconoce el bien que recibe “endurece su corazón”, y un corazón endurecido no puede ser recipiente de Luz. No se trata de castigo, sino de física espiritual: donde no hay reconocimiento, no hay expansión. Donde no hay expansión, el flujo se detiene.

Esto se vuelve evidente en la experiencia humana. Todos conocemos personas que viven rodeadas de ayuda y aun así sienten carencia, enojo o vacío. También conocemos personas con menos recursos que viven con gratitud y claridad. La diferencia no está en lo que reciben, sino en cómo lo registran. La conciencia agradecida amplifica la bendición; la conciencia distraída la reduce.

El texto de Shemot es contundente cuando muestra que el Faraón primero olvidó a Iosef y solo después olvidó a Di-s. El orden no es casual. En términos espirituales, olvidar al ser humano precede a olvidar al Creador. Porque el entrenamiento de la conciencia comienza en lo visible. Si no somos capaces de reconocer el bien que vemos, ¿cómo reconocer el que no vemos?

El Arí enseña que la gratitud diaria es una forma de tikún, una corrección constante del alma. No grandes discursos, sino pequeños actos de conciencia sostenida. Recordar quién estuvo ahí. Reconocer quién fue canal. Agradecer incluso lo que ya damos por hecho. Esa práctica mantiene abiertos los conductos de la bendición.

Hoy vivimos en una época de prisa, saturación y distracción permanente. Todo conspira para que olvidemos. Por eso esta enseñanza es urgente. No basta con creer en Di-s o hablar de espiritualidad. La conexión se sostiene en la conciencia cotidiana. En cómo miramos, cómo agradecemos y cómo recordamos.

Porque cuando recordamos a las personas, recordamos la Luz.

Y cuando dejamos de hacerlo, la bendición sigue ahí… pero pasa de largo.

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