La Torá no presenta al Faraón como un villano desde el inicio. Su caída comienza de una manera mucho más cotidiana y peligrosa: olvidando el bien recibido. El texto dice que se levantó un rey que “no conocía a Iosef”, y la Kabbalah aclara que no se trata de ignorancia histórica, sino de una decisión interna. El Faraón eligió borrar de su conciencia a quien había salvado a Egipto. Y en ese acto silencioso se gestó todo el sistema de opresión que vino después.
Desde la Kabbalah, la ingratitud no es un defecto de carácter; es una distorsión de la conciencia. Cuando una persona deja de reconocer la fuente del bien que recibe, el ego ocupa el centro. El éxito ya no se atribuye a la cooperación, a la bendición o a la Luz, sino al “yo”. En ese momento, el ego necesita defender su narrativa, y lo hace de dos formas: miedo y control.
El Faraón temió al pueblo de Israel no porque fuera una amenaza real, sino porque su propia conciencia estaba desconectada. El Zóhar enseña que cuando la Luz se retira, el miedo ocupa su lugar. Y el miedo, cuando no se reconoce, se transforma en opresión. Para justificar su inseguridad interna, el Faraón necesitó convertir a los benefactores en enemigos. Así, olvidar el bien recibido se volvió la excusa perfecta para esclavizar.
Este patrón no pertenece solo a la historia antigua. Lo vemos repetirse en lo personal y en lo social. Cuando alguien no reconoce quién lo ayudó a llegar a donde está, empieza a endurecerse. Pierde sensibilidad, justifica abusos, normaliza la violencia emocional o estructural. La Kabbalah es clara: la ingratitud precede a la crueldad, porque desconecta al alma del flujo de la Luz.
El Arí explica que el Faraón representa al ietzer hará, la inclinación del ego que se fortalece cuando el ser humano vive desde la separación. En ese estado, todo se percibe como amenaza y competencia. El otro deja de ser un canal de bendición y se convierte en un obstáculo. Así nace la opresión: no como un plan maquiavélico inicial, sino como una consecuencia de una conciencia cerrada.
Lo más revelador es que el Faraón no necesitó negar a Di-s explícitamente. Le bastó con negar a Iosef. En términos espirituales, negar al mensajero es negar la fuente. Cuando se borra el agradecimiento, se borra la memoria espiritual, y sin memoria no hay límite para el ego.
Hoy esta enseñanza es urgente. Vivimos en una época donde el mérito individual se exagera y la gratitud se minimiza. Ese terreno es fértil para el miedo, la polarización y nuevas formas de opresión. Recordar el bien recibido no es nostalgia: es un acto de responsabilidad espiritual y social.
Porque cada vez que reconocemos quién nos ayudó, desactivamos al Faraón interior.
Y cada vez que olvidamos, le damos poder.

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