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Olvidar a Iosef: cuando la ingratitud apaga la Luz

Hay ideas que, cuando se comprenden de verdad, cambian la forma en que miramos toda la vida espiritual. Una de ellas aparece en la Parashat Shemot con una frase aparentemente simple pero profundamente inquietante: “Se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a Iosef”. No dice que fuera cruel, ni idólatra, ni violento.…

Hay ideas que, cuando se comprenden de verdad, cambian la forma en que miramos toda la vida espiritual. Una de ellas aparece en la Parashat Shemot con una frase aparentemente simple pero profundamente inquietante: “Se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a Iosef”. No dice que fuera cruel, ni idólatra, ni violento. Dice algo más sutil y más peligroso: no conocía a Iosef.

A primera vista suena extraño. ¿Cómo no conocer a quien salvó a Egipto del colapso económico y del hambre? La Kabbalah responde con claridad: no se trata de ignorancia histórica, sino de una decisión espiritual. El Faraón eligió actuar como si no conociera a Iosef. Y ese acto interior marcó el inicio de su caída.

Desde la Kabbalah, la ingratitud no es solo una falta ética; es una ruptura del canal de la Luz. Cuando una persona deja de reconocer el bien recibido, corta el flujo que sostiene su crecimiento espiritual. Iosef representa el canal de bendición, la conexión viva entre el Creador y el mundo material. “No conocer a Iosef” significa negar el origen de la abundancia, apropiarse del resultado y borrar la fuente.

El Zóhar explica que ninguna nación se eleva espiritualmente sin una razón profunda, y que Egipto alcanzó su máximo poder precisamente cuando Israel entró en el exilio. Pero ese poder exigía conciencia. El error del Faraón fue creer que su éxito provenía de su inteligencia, su estrategia o su fuerza. En ese momento, dejó de ser un socio de la Luz y se convirtió en su antagonista. No porque odiara a Di-s explícitamente, sino porque olvidó agradecer.

Este patrón no es ajeno a nosotros. Todos hemos vivido momentos en los que algo bueno llega a nuestra vida —una oportunidad, una persona, una enseñanza— y con el tiempo dejamos de valorarlo. No por maldad, sino por costumbre. La Kabbalah enseña que el olvido del bien recibido es el primer síntoma de desconexión espiritual. Cuando ya no reconocemos lo que otros hicieron por nosotros, tampoco reconocemos lo que el Creador nos da cada día.

Los grandes maestros lo sabían. Rav Brandwein enseñaba que la gratitud auténtica no caduca. La historia del hombre que esperó veinticinco años para agradecer un acto de bondad revela una verdad incómoda: recordar el bien es una señal de conciencia elevada, y olvidarlo demasiado pronto es una señal de caída. No porque el acto haya desaparecido, sino porque nuestra percepción se ha cerrado.

El Arí va aún más lejos y describe al Faraón como una manifestación del ietzer hará, la inclinación al ego. Un “rey viejo y necio” que se fortalece cuando el ser humano vive solo para sí mismo. En ese estado, el cuerpo domina, el deseo exige, y el alma queda relegada. La ingratitud, en este sentido, no es pasiva: alimenta al ego y debilita al alma.

Shemot no habla solo de Egipto; habla de nosotros. Cada vez que negamos el origen del bien en nuestra vida, entramos en un pequeño exilio. Cada vez que reconocemos y agradecemos, damos un paso hacia la liberación. La salida de Egipto comienza cuando recuperamos la memoria espiritual: recordar quién nos ayudó, quién nos sostuvo, y de dónde proviene la Luz que nos mantiene vivos.

Hoy, en una época donde todo se da por sentado y el mérito se atribuye únicamente al esfuerzo personal, este mensaje es más urgente que nunca. La gratitud no es un gesto decorativo; es una herramienta de supervivencia espiritual. Olvidar a Iosef no fue un detalle narrativo: fue el punto de quiebre. Recordarlo —en nuestra vida diaria— puede ser el inicio del regreso.

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