Vivimos cansados. No solo físicamente, sino por dentro. Y lo curioso es que nunca antes habíamos tenido tantas opciones para “descansar”: vacaciones, entretenimiento, distracciones infinitas. Sin embargo, la sensación de agotamiento profundo sigue ahí. La Kabbalah pone el dedo en la llaga y lo dice sin rodeos: no todo descanso descansa. Hay un descanso que alivia el cuerpo por un rato, y hay otro —mucho más raro— que ordena el alma.
El descanso físico es necesario, nadie lo niega. El cuerpo necesita pausas, sueño y recuperación. Pero confundir eso con paz interior es un error común. Una persona puede dormir ocho horas, irse de viaje o dejar de trabajar unos días y seguir sintiéndose inquieta, vacía o irritable. Eso ocurre porque el cansancio más pesado no vive en los músculos, vive en el deseo.
La Kabbalah explica que existe un falso descanso: aquel que busca apagar la incomodidad alimentando el deseo corporal. Es como intentar apagar un fuego con gasolina. Por un momento parece funcionar —distraes la mente, adormeces la sensación—, pero luego el fuego vuelve con más fuerza. Más necesidad, más ansiedad, más dependencia. Ese “descanso” no libera, encadena.
El reposo auténtico funciona al revés. No nace de evitar la incomodidad, sino de atravesarla con conciencia. Aquí aparece una enseñanza profunda, ejemplificada en la figura de Issajar, quien aceptó la carga del estudio y el esfuerzo constante. No porque amara el sufrimiento, sino porque entendió algo esencial: la paz verdadera no se negocia con el deseo, se construye por encima de él.
Vencer la incomodidad no significa maltratarse ni vivir en tensión permanente. Significa dejar de huir cada vez que algo exige disciplina, paciencia o esfuerzo interno. Cuando una persona deja de reaccionar automáticamente ante la incomodidad —buscando placer inmediato, distracción o evasión—, algo se acomoda por dentro. El ruido baja. La mente se aquieta. Y aparece un descanso que no depende de las circunstancias externas.
Este tipo de reposo tiene una cualidad muy particular: no se pierde fácilmente. No importa si hay problemas, presión o incertidumbre; la persona sigue sintiéndose sostenida. Eso es paz interior. No ausencia de dificultades, sino presencia de estabilidad.
Muchos buscan descanso cambiando de entorno. La Kabbalah propone algo más radical y efectivo: cambiar la relación con el deseo. Cuando el deseo deja de mandar, el alma descansa. Y cuando el alma descansa, incluso el cuerpo se recupera mejor.
Esta enseñanza es urgente hoy. Vivimos en una cultura que evita cualquier forma de incomodidad y, paradójicamente, está agotada. Quizá no necesitamos más distracciones, sino más valentía interior. Valentía para quedarnos, para sostener, para no escapar.
Porque el verdadero descanso no llega cuando todo es cómodo. Llega cuando ya no necesitas que todo lo sea.

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