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Cuando entiendes que no te falta nada: Di-s como pastor y la conciencia de sustento

Hay una frase que parece sencilla, casi poética, pero que encierra una de las conciencias espirituales más altas que una persona puede alcanzar: “Di-s es mi pastor”. En la Kabbalah, esta afirmación no habla de religión ni de consuelo emocional; habla de sustento, de una certeza profunda de que la vida no está librada al…

Hay una frase que parece sencilla, casi poética, pero que encierra una de las conciencias espirituales más altas que una persona puede alcanzar: “Di-s es mi pastor”. En la Kabbalah, esta afirmación no habla de religión ni de consuelo emocional; habla de sustento, de una certeza profunda de que la vida no está librada al azar ni a la lucha constante por sobrevivir.

Decir que Di-s es mi pastor significa algo muy concreto: no soy yo quien se sostiene a sí mismo. No es mi fuerza, mi talento o mi control lo que garantiza mi vida. Hay una inteligencia superior guiando, alimentando y conduciendo el proceso. Esta conciencia cambia por completo la forma en que una persona se relaciona con el dinero, el trabajo, la salud y el futuro.

El problema no es la falta de recursos; el verdadero problema es la pobreza de conciencia. La Guemará lo expresa con una claridad brutal: una persona puede ser pobre únicamente en su conciencia. Hay quienes tienen lo necesario —y a veces mucho más— pero viven con una sensación constante de carencia, ansiedad y comparación. Y hay otros que, aun con poco, se sienten sostenidos, acompañados y en paz.

La Kabbalah explica que la abundancia no depende de lo que posees, sino de cómo te percibes frente a la Luz. Cuando una persona cree que “merece”, se coloca en una posición peligrosa: la del ego que exige. Desde ese lugar, todo parece insuficiente y nada alcanza. En cambio, quien reconoce que no merece nada por derecho propio, sino que todo lo que recibe es un regalo, abre una vasija completamente distinta.

Aquí aparece la humildad, no como debilidad, sino como inteligencia espiritual. La humildad no es pensar menos de uno mismo, sino entender que uno no es el centro del universo. Es saber que la vida no nos debe nada, y que, aun así, constantemente nos da. Paradójicamente, es esa conciencia la que permite recibir más.

Cuando Iaäkov dice “Di-s ha sido mi pastor toda mi vida”, no está negando el sufrimiento que atravesó. Su vida estuvo llena de conflictos, pérdidas y esfuerzo. Lo que afirma es algo más profundo: nunca estuvo abandonado. Incluso en los momentos más difíciles, hubo sustento, dirección y sentido. Esa es la diferencia entre quien vive luchando contra la vida y quien camina con ella.

Esta enseñanza es especialmente relevante hoy, en una cultura que refuerza la idea de que vales por lo que produces, tienes o logras. Desde esa lógica, el miedo nunca se apaga. Siempre puede faltar algo. Siempre hay alguien con más. La conciencia del pastor rompe ese ciclo: te recuerda que no necesitas controlar todo para estar a salvo.

La abundancia auténtica no comienza cuando tienes más, sino cuando dejas de sentir que te falta. No se trata de resignación, sino de alineación. Cuando una persona deja de exigir y empieza a agradecer, algo se ordena. La ansiedad baja, la comparación pierde fuerza y la energía deja de gastarse en defender el ego.

Esta no es una idea para reflexionar algún día con calma. Es una conciencia urgente. Porque mientras sigas creyendo que todo depende solo de ti, cargarás un peso innecesario. Pero cuando recuerdas que hay un Pastor, puedes caminar más liviano.

Y desde ahí, curiosamente, la abundancia encuentra el camino.

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