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No es que no puedas: es que aún no deseas de verdad

Hay una verdad incómoda, pero profundamente liberadora, que la Kabbalah nos enseña desde hace siglos: no existe el “no puedo”; existe el “no quiero”. No como juicio moral ni como reproche, sino como una radiografía honesta del funcionamiento espiritual del ser humano. Cuando algo parece imposible, casi siempre no es por falta de capacidad, sino…

Hay una verdad incómoda, pero profundamente liberadora, que la Kabbalah nos enseña desde hace siglos: no existe el “no puedo”; existe el “no quiero”. No como juicio moral ni como reproche, sino como una radiografía honesta del funcionamiento espiritual del ser humano. Cuando algo parece imposible, casi siempre no es por falta de capacidad, sino por falta de deseo verdadero.

Desde la visión kabbalística, el ser humano es, ante todo, Deseo de Recibir. Esa es nuestra materia prima espiritual. Todo lo que vivimos —logros, bloqueos, avances y estancamientos— está directamente relacionado con la forma y la intensidad de ese deseo. Cuando el deseo es débil, disperso o contradictorio, la realidad responde con obstáculos. Cuando el deseo es claro, profundo y alineado, la realidad comienza a moverse.

Aquí aparece una idea clave: el deseo es la vasija. La Luz —entendida como energía, claridad, oportunidades, fuerza interior y asistencia espiritual— siempre está disponible. No se limita. Lo que sí se limita es nuestra capacidad de recibirla. Y esa capacidad no depende de talento, suerte o contexto, sino del tamaño de la vasija que construimos con nuestro deseo.

Por eso los kabbalistas afirman que no hay un techo para lo que una persona puede recibir. El límite no está en la Luz; está en la vasija. Cuando alguien dice “no puedo cambiar”, “no puedo salir de esto”, “no puedo avanzar”, muchas veces lo que realmente está diciendo es: no he construido aún el deseo suficiente para sostener ese cambio. Y eso, aunque suene fuerte, es una buena noticia. Porque el deseo se puede entrenar, profundizar y fortalecer.

La experiencia humana confirma esto una y otra vez. Personas que, frente a situaciones extremas, descubren una fuerza que jamás habían usado. ¿De dónde salió? No apareció mágicamente. Estaba ahí, latente, esperando a que el deseo dejara de ser tibio y se volviera urgente. Cuando el deseo se vuelve verdadero, la voluntad se ordena. Y cuando la voluntad se ordena, la fe deja de ser un concepto abstracto y se convierte en acción.

La fe, en Kabbalah, no es creer que “todo saldrá bien” sin hacer nada. Es actuar como si la Luz ya estuviera disponible, incluso cuando aún no la vemos. La voluntad es el movimiento, la fe es la dirección y el deseo es el motor. Cuando estas tres fuerzas se alinean, los obstáculos no desaparecen, pero dejan de ser muros y se convierten en escalones.

Esto explica por qué muchas personas rezan, visualizan o afirman, pero no ven cambios reales. No es falta de espiritualidad; es falta de deseo íntegro. Un deseo dividido —que quiere avanzar pero también quiere comodidad, seguridad o aprobación— crea una vasija agrietada. La Luz entra… y se escapa.

Decir “no puedo” suele ser más cómodo que asumir “no estoy dispuesto todavía”. Pero también es más limitante. La Kabbalah no viene a culpar, viene a empoderar. Te recuerda que, mientras estés respirando, tu vasija puede crecer. Siempre puedes desear más conscientemente, con más honestidad, con más profundidad.

Hoy vivimos rodeados de discursos que normalizan la resignación: acéptate así, no te exijas, no fuerces nada. Hay algo de verdad en eso, pero también un riesgo enorme: confundir paz con renuncia. La enseñanza kabbalística va en otra dirección: no te violentes, pero tampoco te mientas. Si algo no ocurre en tu vida, revisa tu deseo antes de resignarte al destino.

Este no es un mensaje para mañana ni para cuando “te sientas listo”. Es ahora. Porque cada día que pospones el deseo verdadero, sigues viviendo con una vasija pequeña frente a una Luz infinita.

Y eso sí que sería una pérdida innecesaria.

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