Hay frases breves en la Torá que contienen océanos de significado. Una de ellas aparece cuando se menciona que las setenta almas de la familia de Iaäkov que descendieron a Egipto son descritas en singular, como si fueran una sola. No es un error gramatical ni un detalle poético: es una enseñanza central sobre la naturaleza de la conciencia humana y espiritual. Ahí se nos revela un principio que atraviesa la Kabbalah, el desarrollo personal, el taoísmo y la psicología profunda: la verdadera fuerza no surge de la suma de individuos, sino de la unidad interior y relacional.
Desde la Kabbalah, el alma no es entendida como algo aislado, sino como una expresión particular de una raíz común. Cuando la Torá habla de “una sola alma”, está señalando un estado de conciencia en el que las diferencias no desaparecen, pero dejan de fragmentar. Cada persona conserva su identidad, su función y su camino, pero actúa desde una percepción de interconexión. Por eso Iaäkov y su familia pueden ser llamados “uno”: no porque piensen igual, sino porque están alineados en propósito.
Este concepto resulta profundamente actual. En psicología sabemos que la fragmentación interna —cuando pensamientos, emociones y acciones no están alineados— genera ansiedad, conflicto y desgaste. Lo mismo ocurre en los sistemas humanos: familias, parejas, equipos o comunidades. Cuando cada parte actúa solo desde su interés, el sistema se debilita. Cuando hay coherencia, aparece una fuerza que ningún individuo puede generar por sí solo.
El taoísmo lo expresa con claridad: el Dao se manifiesta cuando las partes fluyen juntas sin forzarse. Un bosque no es fuerte por un solo árbol, sino por la red invisible que los conecta bajo tierra. De la misma manera, la familia de Iaäkov pudo atravesar Egipto —símbolo del exilio y la presión— porque descendió unida. No fue la cantidad lo que los sostuvo, fue la conexión.
Esta unidad también redefine el mandamiento de “amar al prójimo como a uno mismo”. Amar al otro no es un acto moral heroico, es una consecuencia natural de sentirlo como parte del mismo sistema. Cuando comprendes que el dolor del otro afecta al todo, ayudar deja de ser un sacrificio y se vuelve un acto de inteligencia emocional y espiritual.
Hoy vivimos en una cultura que exalta la individualidad, pero sufre una profunda soledad colectiva. Por eso esta enseñanza es urgente. Recordar que somos muchos cuerpos, pero una sola alma, no es una idea mística abstracta: es una clave práctica para sanar vínculos, comunidades y también nuestro mundo interior. La fragmentación nos debilita; la unidad consciente nos eleva. Y ese estado no se alcanza en teoría, sino en la forma en que elegimos relacionarnos, hoy, aquí y ahora.

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