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Mientras señales culpables, no verás la señal

Hay una trampa silenciosa que nos roba claridad, energía y paz interior, y casi nadie la cuestiona: culpar a los demás. Es cómoda, es inmediata y parece lógica. Cuando algo duele, cuando algo falla, cuando la vida no sale como esperábamos, buscar un responsable externo da una sensación momentánea de control. Pero esa sensación es…

Hay una trampa silenciosa que nos roba claridad, energía y paz interior, y casi nadie la cuestiona: culpar a los demás. Es cómoda, es inmediata y parece lógica. Cuando algo duele, cuando algo falla, cuando la vida no sale como esperábamos, buscar un responsable externo da una sensación momentánea de control. Pero esa sensación es falsa. Mientras el dedo apunta hacia afuera, los ojos dejan de ver lo esencial.

La Kabbalah es muy clara en esto: mientras una persona culpa, la Luz permanece oculta. No porque la Luz se vaya, sino porque la conciencia se cierra. Culpar es una forma de resistencia espiritual. Es decirle a la realidad: “esto no debería estar pasando”, y al hacerlo, perdemos la oportunidad de comprender para qué está pasando. Los hermanos de Iosef vivieron atrapados en esa dinámica durante años. Solo cuando dejaron de acusarse entre ellos pudieron reconocer la mano del Creador actuando incluso en lo que parecía injusto.

Desde la psicología, la culpa proyectada es un mecanismo de defensa clásico. Sirve para proteger al ego del dolor de mirarse con honestidad. El problema es que lo que protege a corto plazo, limita a largo plazo. Una persona que vive culpando a otros queda emocionalmente inmóvil: no aprende, no integra y repite los mismos patrones con distintos nombres y escenarios.

El taoísmo lo expresa con una imagen sencilla: cuando luchas contra el río, te agotas; cuando lo observas y aprendes su corriente, avanzas. Culpar es nadar contra la vida. Asumir es fluir con ella. No se trata de justificar abusos ni negar responsabilidades externas, sino de reconocer que, aun en medio de lo que no controlamos, siempre hay un aprendizaje disponible.

Dejar de culpar no significa resignarse ni callar. Significa recuperar poder interior. En desarrollo personal, este es uno de los giros más importantes: el día que una persona deja de preguntarse “¿quién me hizo esto?” y comienza a preguntarse “¿qué puedo comprender de esto?”, algo se ordena por dentro. La mente se aquieta, la emoción se estabiliza y aparece una visión más amplia.

El texto que compartimos nos recuerda una verdad incómoda pero liberadora: mientras culpamos, vemos solo fragmentos; cuando soltamos la culpa, el panorama se amplía. Ahí es donde la presencia del Creador deja de ser una idea abstracta y se vuelve experiencia viva, incluso en lo difícil.

Hoy, en una cultura que normaliza la queja y la victimización, esta enseñanza se vuelve urgente. Cada día que postergamos asumir nuestra parte, retrasamos nuestra evolución. La vida sigue hablándonos, pero solo quien deja de señalar afuera empieza a escuchar adentro. Y ese cambio no puede esperar indefinidamente sin costo.

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