A veces la vida nos da giros tan bruscos que sentimos que alguien apagó la lámpara del universo y nos dejó caminando a ciegas. Y sin embargo, la Kabbalah, el Zóhar y la experiencia humana convergen en una idea poderosa: la Luz nunca deja de operar, incluso cuando nuestra percepción se queda corta. Es justo ahí, en los momentos incómodos, donde más se está moviendo el tablero a nuestro favor.
Lo difícil es que no vemos el cuadro completo. Nuestra mente sólo capta fragmentos, y con esos pedacitos intenta armar teorías, culpas, miedos y conclusiones. Pero la psicología del desarrollo es clara: el ser humano interpreta según lo que conoce, no según lo que realmente es. Por eso, ante el dolor, solemos pensar que algo “salió mal”, cuando en realidad puede estar naciendo algo extraordinario.
El Zóhar lo enseña con una elegancia tremenda: la Luz actúa incluso cuando parece ausente. En palabras más cotidianas: aunque tú no lo percibas, tu historia está siendo guiada. No desde el castigo, sino desde un propósito mayor que todavía no ves. Y para aterrizarlo, pensemos en el ejemplo que se comparte en el texto que me diste: un hombre pierde un vuelo y se llena de frustración… sin saber que ese avión explotaría en el aire. Si él pudiera ver lo que la Luz ve, se arrodillaría agradecido en el aeropuerto.
Ese ejemplo es brutal porque desnuda la verdad: no sabemos lo que no sabemos. Y aun así reclamamos, nos enojamos, nos sentimos víctimas. No porque seamos malos, sino porque somos humanos. Nuestra conciencia es limitada, pero nuestra alma no. Por eso la verdadera madurez espiritual consiste en un acto valiente: confiar antes de entender.
La Kabbalah lo llama emuná consciente: no una fe ingenua, sino una fe informada. Una fe que reconoce que la Luz no improvisa. Que nuestros desafíos no son castigos, sino procesos de alineación. Que detrás de cada caos hay una puerta que se está abriendo… justo donde ahora sólo ves un muro.
Y aquí viene la parte más transformadora: todo evento tiene un bien oculto. No un bien automático, sino un potencial. Lo que determina si ese potencial se revela es nuestra respuesta emocional y espiritual. Cuando elegimos certeza en vez de victimismo, cuando respiramos hondo antes de reaccionar, cuando preguntamos “¿para qué?” en lugar de “¿por qué a mí?”, abrimos canales de Luz que nos elevan mucho más alto que si todo hubiera sido “fácil”.
En psicología esto se llama crecimiento postraumático: la capacidad de que un evento difícil expanda tu fortaleza, tu perspectiva y tu sentido de vida. En Kabbalah lo llamamos tikkún: el proceso mediante el cual tu alma revela Luz en los lugares donde antes sólo había confusión.
Por eso, la enseñanza central es urgente: cada momento trae un regalo escondido, y si no lo vemos ahora, lo veremos después. Pero nuestra tarea no es adivinar el regalo, sino mantener el corazón abierto para recibirlo.
Así que antes de desesperarte por lo que estás viviendo, recuerda algo:
La Luz ya estaba ahí antes de que empezara tu problema, está ahí mientras lo atraviesas, y te está esperando cuando salgas del otro lado.
Hoy puedes respirar un poco más profundo. No estás solo. No estás en caos. Estás siendo guiado.

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