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“Del Ego a la Luz: La Batalla Invisible que Define Tu Vida”

Si hay una enseñanza que puede cambiar radicalmente la forma en que vivimos y nos relacionamos, es la que nos ofrece la Kabbalah a través del encuentro entre Yaakov y Esav. No es sólo una historia antigua: es un mapa psicológico de cómo funciona la energía dentro de nosotros. Cada vez que elegimos recibir sólo…

Si hay una enseñanza que puede cambiar radicalmente la forma en que vivimos y nos relacionamos, es la que nos ofrece la Kabbalah a través del encuentro entre Yaakov y Esav. No es sólo una historia antigua: es un mapa psicológico de cómo funciona la energía dentro de nosotros. Cada vez que elegimos recibir sólo para nosotros, alimentamos la desconexión; cada vez que elegimos compartir, encendemos la Luz.

El Zóhar explica que detrás de la frase “Esav odia a Yaakov” no hay un simple conflicto familiar, sino una ley espiritual: cuando actuamos desde el ego —el deseo de recibir sin considerar nada ni a nadie más— inevitablemente despertamos fuerzas que se oponen a nuestra paz. Esav representa ese aspecto interno que siempre quiere más para sí mismo, que acumula, que teme perder, que vive en comparación y competencia. Yaakov, en cambio, simboliza el esfuerzo por elevar el deseo, darle propósito, transformar la necesidad en canal de bendición.

Esa lucha entre ambos no sucede afuera… sucede dentro de nosotros todos los días.

En psicología lo llamamos “conflicto intrapsíquico”: dos impulsos que jalan en direcciones distintas. El ego busca gratificación inmediata; la conciencia busca plenitud profunda. Y según la Kabbalah, lo que determina cuál parte domina no es un milagro externo, sino la energía que decidimos activar con nuestras acciones y pensamientos.

Aquí está la tesis central: cuando el Deseo de Recibir sólo para mí domina, me desconecto de la Luz; cuando lo transformo en Deseo de Compartir, la Luz se revela.

Así de simple. Así de poderoso.

Lo maravilloso es que no se necesita hacer algo extraordinario para comenzar esa transformación. Basta un acto de conciencia: pausar antes de reaccionar, abrir espacio para escuchar, dar un pequeño gesto de bondad cuando el ego grita “¡no!”. Cada elección así va moldeando una nueva identidad emocional. Y cuando cambiamos por dentro, la realidad cambia al mismo ritmo.

El Zóhar enseña que cada acto de compartir abre caminos que antes parecían cerrados. Que cada persona que aprende a recibir con propósito se vuelve “un árbol de vida” para los demás. Que la Luz no se esconde: simplemente espera a que bajemos las barreras del ego para manifestarse.

Y esto es urgente.

Porque cuando vivimos atrapados en el deseo egoísta, todo se siente pesado: las relaciones se tensan, el dinero se va, el ánimo cae, la mente se nubla. Pero cuando elegimos compartir, aunque sea un poco, el alma respira. La abundancia se mueve. Las conexiones sanan. Y la vida adquiere un ritmo más ligero, más alineado, más vivo.

No se trata de negar el deseo —el deseo es santo— sino de elevarlo.

No se trata de ser perfectos, sino conscientes.

No se trata de sufrir, sino de transformar.

La pregunta es simple:

¿Quieres seguir alimentando la energía que te cierra… o la que te conecta con la Luz?

Lo que elijas hoy, determinará lo que verás mañana.

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