Hay una frase en el Zóhar que contiene toda la sabiduría del crecimiento espiritual:
“Hazme una abertura del tamaño del ojo de una aguja, y Yo te abriré las Puertas Celestiales.”
Es simple y poderosa. No dice que debas derribar murallas o conquistar montañas. Solo pide una pequeña rendija, un espacio diminuto, una abertura en el corazón. Esa rendija es lo que se crea cuando desinflamos el ego.
El ego, según la Kabbalah, es la ilusión del “yo separado”. Es esa voz interna que nos hace creer que estamos solos, que debemos competir, que todo depende de nosotros. Pero el alma sabe otra cosa: sabe que somos parte de un tejido de Luz donde todo está conectado. Por eso, el ego no es el enemigo —es el velo. Es la nube que tapa el Sol, no el Sol mismo.
El Zóhar nos enseña que el Creador no puede entrar donde no hay espacio. Cuando el ego ocupa todo, la Luz no tiene por dónde fluir. Pero en cuanto creamos esa pequeña abertura —el “ojo de la aguja”— la Luz entra y expande todo desde adentro. Ese gesto de humildad es el inicio de toda transformación espiritual.
Desde la psicología, podríamos decir que el ego es una estructura de defensa. Se construyó para protegernos del dolor, del rechazo o de la vulnerabilidad. Pero cuando se convierte en nuestro centro, deja de protegernos y empieza a aislarnos. El alma, por el contrario, busca conexión, servicio y propósito. Cada vez que eliges escuchar antes que imponer, dar antes que exigir o amar sin esperar, estás desinflando el ego y dejando que el alma tome el control.
Rabbán Gamliel lo resumió con una claridad impresionante:
“Desea solo lo que ya se te ha dado. Quiere solo aquello que ya tienes.
Cuando te vacías en la Realidad, te llenas de compasión.
Y cuando solo deseas justicia, la voluntad de la Realidad se convierte en tu voluntad.”
Esa enseñanza no es renuncia; es libertad. El ego siempre quiere más, porque vive en la ilusión de la carencia. El alma, en cambio, sabe que ya lo tiene todo, y por eso puede dar sin miedo. La compasión nace cuando dejamos de medir lo que nos falta y comenzamos a ver lo que podemos ofrecer.
En Parashat Vaiierá, Avraham encarna esta sabiduría. Recién circuncidado, en medio del calor del desierto y del dolor físico, elige levantarse para atender a tres viajeros. Esa acción simboliza la apertura del “ojo de la aguja”: el momento en que, pese al cansancio, eliges compartir. Avraham no se preguntó si le convenía, si recibiría algo a cambio o si era buen momento. Simplemente abrió su tienda… y el universo se abrió con él.
La Kabbalah explica que la Luz del Creador no se impone, se invita. El ego, en cambio, grita, exige, se ofende, necesita reconocimiento. La Luz susurra, espera humildemente a que le demos espacio. Cuando esa rendija se abre —cuando eliges humildad en lugar de orgullo, gratitud en lugar de queja, empatía en lugar de juicio—, la energía espiritual comienza a fluir.
El mundo actual, lleno de ruido y autoafirmación, nos impulsa a inflar el ego como si de eso dependiera nuestro valor. Pero la verdadera fuerza no está en ser más grande, sino en ser más transparente. Las personas más luminosas no son las que imponen su presencia, sino las que permiten que la Luz pase a través de ellas.
El ego dice: “Yo tengo razón.”
El alma dice: “¿Qué puedo aprender?”
El ego dice: “No puedo perdonar.”
El alma responde: “Si perdono, me libero.”
Cada pensamiento egocéntrico es una nube. Y cada acto de humildad es un rayo de sol que la disuelve.
Vivimos tiempos donde la humanidad necesita más que nunca abrir esa pequeña rendija. No se trata de eliminar el ego, sino de ponerlo al servicio de la Luz. Cuando usamos nuestra individualidad para amar, enseñar, sanar o crear, el ego deja de ser una barrera y se convierte en puente.
Así que, si hoy te sientes atrapado, confundido o sin rumbo, recuerda el secreto del Zóhar: no necesitas romper muros, solo abrir un punto. Ese pequeño gesto —una disculpa, un acto de generosidad, una oración sincera— es suficiente para que el Infinito entre.
Hazte espacio, hazte pequeño… y el universo te llenará de Luz. ✨

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