Dos hermanos, dos caminos, un mismo propósito: descubrir al Creador en la vida cotidiana. Rav Zusha y Rav Elimélej de Lizhensk —discípulos del gran Maguid de Mezrich— representan dos expresiones del alma que busca comprender su pequeñez ante la grandeza divina. Su historia es simple, pero su enseñanza es una joya que brilla en todas las generaciones.
Un día, Rav Zusha dijo: “El ser humano solo puede acercarse al Creador cuando reconoce cuán pequeño es.” Su hermano, Rav Elimélej, respondió: “No, primero debe contemplar la grandeza del Creador; solo entonces entenderá su humildad.” Ambos tenían razón, pero desde perspectivas opuestas: Zusha partía del corazón, Elimélej del intelecto.
Cuando llevaron su debate al Maguid de Mezrich, este sonrió y respondió: “Ambos tienen razón, porque cualquiera que de verdad se vea pequeño ante la inmensidad del Creador se vuelve grande a Sus ojos.” En ese instante, selló una de las enseñanzas más profundas del misticismo judío: la verdadera grandeza nace de la humildad.
La Kabbalah enseña que el universo fue creado mediante el Tzimtzum, la contracción de la Luz infinita. El Creador, para dar lugar a la existencia, “se hizo pequeño” voluntariamente. Esa contracción divina es la raíz espiritual de toda humildad. Ser humilde no significa sentirse menos; significa abrir espacio para que la Luz actúe a través de ti.
Psicológicamente, este principio tiene una fuerza transformadora. Cuando el ego domina, la mente se llena de ruido y exigencia. Queremos controlar, comprender, imponer. Pero cuando practicamos humildad, el alma se vuelve receptiva, el pensamiento se aquieta y la intuición se despierta. La humildad abre el canal entre lo humano y lo divino.
Rav Zusha lo expresaba con una sencillez conmovedora: “Cuando sé que no entiendo nada, entonces empiezo a entender.” Esa frase resume lo que en psicología espiritual podríamos llamar rendición consciente: soltar la necesidad de tener razón o dominar la vida, para dejar que el flujo de la existencia nos guíe.
En Parashat Vaiierá, esta enseñanza se refleja en Avraham, que tras alcanzar niveles altísimos de conexión, sigue refiriéndose a sí mismo como “polvo y ceniza”. Cuanto más percibía la grandeza del Creador, más reconocía su pequeñez. Pero no desde la culpa, sino desde el asombro. Esa humildad vibrante es la que lo convirtió en canal de bendición para el mundo.
El Maguid de Mezrich entendía que el alma no se eleva por saber más, sino por vaciarse de orgullo. La humildad no es debilidad, es espacio. Un corazón vacío de arrogancia es un recipiente perfecto para la Luz. Por eso, el Zóhar enseña: “El Creador solo habita en un corazón roto y humilde.” La vasija debe quebrarse para poder recibir el vino celestial.
Hoy, en un mundo saturado de autoimportancia, redes sociales y apariencias, esta lección se vuelve urgente. Nos enseñan a destacar, a competir, a brillar… pero olvidamos que la Luz más pura no hace ruido. La humildad no busca aplausos, busca conexión.
Ser humilde no es esconder tu valor; es reconocer que tu valor viene de una Fuente mayor. Es caminar por la vida con gratitud y conciencia, sabiendo que todo lo que tienes —talentos, oportunidades, amor— es un préstamo divino para servir mejor.
La verdadera espiritualidad no está en querer parecer sabio, sino en aprender a escuchar. No está en hablar mucho de Di-s, sino en dejar que Di-s hable a través de ti.
El Maguid tenía razón: la humildad no es el final del camino espiritual, es la puerta de entrada. Solo cuando dejamos de ocupar todo el espacio, el Infinito puede entrar.
✨ Hazte pequeño para volverte infinito.

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