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🌿 Cuando servir al otro es servir al Creador: la hospitalidad que trasciende el ego

En la Guemará se dice algo que suena casi imposible para la mente moderna: “Recibir huéspedes es más grande que recibir la Presencia del Creador.” ¿Cómo podría el acto de atender a un ser humano ser superior al de recibir a Di-s mismo? La respuesta, desde la Kabbalah y la psicología espiritual, revela una de…

En la Guemará se dice algo que suena casi imposible para la mente moderna: “Recibir huéspedes es más grande que recibir la Presencia del Creador.” ¿Cómo podría el acto de atender a un ser humano ser superior al de recibir a Di-s mismo? La respuesta, desde la Kabbalah y la psicología espiritual, revela una de las claves más poderosas de transformación interior: cuando nos volcamos sinceramente al otro, dejamos de ser un “yo” y nos convertimos en canal de Luz.

La escena es conocida. Avraham, recién circuncidado, siente un dolor profundo. El calor del desierto lo sofoca, y aun así se levanta para recibir a tres viajeros desconocidos. No sabe que son ángeles, ni le interesa. Los atiende porque su alma está programada para servir. En ese instante, el universo entero se alinea. El Zóhar dice que cuando Avraham corrió hacia ellos, la Luz del Creador corrió hacia él.

La Guemará enseña que dar la bienvenida al otro equivale a darle la bienvenida a la Luz misma, porque lo Divino se manifiesta a través de las relaciones humanas. Mientras que recibir al Creador es un acto pasivo —el alma recibe inspiración—, recibir a un huésped es un acto activo: implica moverse, ofrecer, abrir espacio, superar el ego. En términos energéticos, significa convertir la Luz en acción.

Rav Zusha de Anipoli explicó esta idea con una belleza que corta el aliento. Decía que Avraham había bendecido cada parte de su cuerpo —los 248 órganos y los 365 tendones— para que jamás hicieran algo contrario a la voluntad divina. Así, cuando los viajeros llegaron, su cuerpo mismo “sabía” que debía levantarse. No fue su mente racional ni su fuerza de voluntad; fue su materia alineada con la Luz. Su cuerpo actuó como instrumento sagrado.

Psicológicamente, esto refleja un nivel de integración total. Cuando la conciencia espiritual impregna el cuerpo, los gestos cotidianos —una sonrisa, una comida ofrecida, un abrazo— se vuelven manifestaciones de la Presencia. En ese estado, la acción correcta surge sin esfuerzo, porque ya no nace del ego, sino del alma.

Vivimos en una época donde todos queremos “sentir la presencia de algo superior”, pero olvidamos que esa presencia se revela cuando amamos, cuando servimos, cuando escuchamos. La espiritualidad no está en la meditación perfecta, sino en el café que compartes con quien necesita compañía. No se trata de ver ángeles, sino de reconocer que cada persona que toca tu puerta es uno.

Rav Zusha decía que no temía que en el Cielo le preguntaran por qué no fue como Avraham; temía que le preguntaran por qué no fue como Zusha. Esa frase nos confronta. No se espera que alcancemos la santidad de los patriarcas, sino nuestra propia plenitud. Y eso sólo ocurre cuando dejamos de vivir desde el ego y comenzamos a actuar desde la conexión.

La enseñanza es clara y profundamente humana: no necesitas sentirte iluminado para irradiar Luz. Basta con atender al otro con amor sincero. Cuando haces eso, estás cumpliendo el propósito más elevado del alma: ser canal de benevolencia divina en el mundo físico.

Hoy más que nunca, en un planeta que sufre por la desconexión emocional, esta enseñanza se vuelve urgente. Si quieres encontrar a Di-s, no lo busques en el cielo: búscalo en el rostro del que te necesita.

El mayor acto de adoración no es arrodillarse ante la Luz, sino servirla en el otro. ✨

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