En la Kabbalah, Avraham e Iosef representan dos caminos hacia una misma meta: el sustento que nutre cuerpo y espíritu. Cuando Avram llegó a Shejem, el Zóhar enseña que allí se activó una conexión con Iosef, el justo, quien simboliza Yesod, la sefirá del flujo y la provisión. Ambos fueron canales de Luz: Avraham abrió la fuente espiritual; Iosef la hizo tangible.
Shejem no era solo un lugar geográfico, sino un punto energético donde la energía divina descendía al mundo físico. En psicología podríamos decir que representa el equilibrio entre el inconsciente (Egipto) y la conciencia (Jerusalén): el punto medio donde la energía se manifiesta sin distorsión.
La Torá muestra a Iosef como administrador de los graneros de Egipto, pero en realidad gestionaba la energía del sustento universal. Su función era canalizar la Luz de la abundancia para alimentar no solo cuerpos, sino también almas. Cada vez que actuamos desde la generosidad, activamos dentro de nosotros ese canal de Yesod y la vida empieza a fluir.
El Zóhar explica que la pobreza, el odio y las “plagas del alma” surgen cuando la Luz no puede circular. El miedo, el ego y la culpa bloquean el flujo de Yesod. Pero cuando elegimos compartir, agradecer y conectar con la energía de Iosef, la Luz vuelve a moverse. El verdadero milagro no es recibir más, sino abrir el canal para que la abundancia nunca deje de circular.
En ese sentido, Egipto simboliza el ego: la mente que acumula, controla o teme perder. El descenso de Avram a Egipto fue una metáfora del viaje interior hacia la sombra, donde las chispas de Luz esperan ser liberadas. En psicología, este proceso se llama integración: descender a lo profundo del alma para rescatar el poder que entregamos al miedo.
Sarai y Avram completan este mapa. Ella representa la Shejiná, la Presencia Divina femenina, receptiva y amorosa; él, la energía masculina, activa y dadora. Juntos encarnan la unión entre el Cielo y la Tierra. Sin Sarai, la Luz no tiene dónde reposar; sin Avram, la Luz no tiene por dónde fluir. Esa armonía de dar y recibir es la clave del verdadero sustento.
Hoy, el mensaje es claro: la abundancia no depende del dinero, sino del estado del alma. Cada pensamiento generoso, cada palabra amable y cada acción consciente son como Shejem: lugares donde el Cielo y la Tierra se encuentran. Si sientes carencia, no busques afuera: revisa dónde dejaste de compartir, de confiar o de agradecer.
La Kabbalah y la psicología coinciden en algo esencial: el flujo de la vida responde a la apertura del corazón. Iosef no fue bendecido por acumular, sino por canalizar. Su abundancia era el reflejo de su fe, de su pureza y de su propósito.
Avraham nos recuerda que el sustento comienza en la fe; Iosef, que se mantiene en el compartir. Uno abre el cielo, el otro lo materializa. Y ambos nos invitan a recordar que la mayor riqueza no es tener más, sino vivir en conexión con la Fuente que nunca se agota. 🌟
La abundancia no se busca, se despierta.
Abre tu canal de Luz, comparte tu energía y deja que la vida fluya contigo. ✨

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