La mayoría de las personas no pierde algo hasta que se da cuenta de cuánto valía. Es casi un reflejo humano: necesitamos la ausencia para reconocer la presencia. Pero la Kabbalah nos enseña que esta forma de aprender es una de las más dolorosas. Por eso, el propósito del pacto que el Creador estableció con Noé no fue solo asegurar que no habría otro diluvio físico, sino enseñarnos a vivir con conciencia, gratitud y pureza. Ese pacto es, en esencia, una invitación a despertar la apreciación espiritual: la capacidad de valorar la Luz antes de que se apague.
El Zóhar explica que cuando la humanidad se desconecta de la gratitud, pierde su conexión con la Luz de la vida. La falta de aprecio genera un vacío interior que intentamos llenar con exceso: comida, placer, sexo, poder, validación. Pero la plenitud nunca se alcanza acumulando cosas, sino reconociendo la energía divina que ya fluye a través de ellas. Apreciar no es solo dar las gracias: es mirar lo cotidiano con ojos nuevos, percibir lo invisible detrás de lo visible. Es transformar el “tengo que” en “tengo el privilegio de”.
El pacto con Noé también tiene un sentido mucho más profundo: la pureza sexual. En la Kabbalah, el acto sexual es un reflejo directo de la conexión entre el Cielo y la Tierra, entre la Luz y la Vasija. Cuando la unión se da con intención sagrada —para compartir, crear vida o expandir conciencia— esa energía asciende a los mundos superiores. Pero cuando se hace desde el ego, la necesidad o la gratificación inmediata, esa misma energía se vuelve destructiva. No se trata de represión, sino de conciencia. La energía sexual es una corriente de Luz: puede iluminar o quemar, según la dirección que le demos.
Rav Shimón bar Yojai decía que la semilla es un código divino, una chispa de la creación. Desperdiciarla en placeres vacíos o usarla sin amor es como tirar una vela encendida al agua. En cambio, cuando el acto sexual está impregnado de respeto, amor y propósito, se convierte en un acto de creación divina. La psicología moderna confirma algo similar: las relaciones más plenas son aquellas donde existe intimidad emocional, propósito compartido y conexión trascendente. Es el mismo principio, dicho en otro idioma.
En los mundos espirituales, este nivel de conciencia se llama Biná, la dimensión del entendimiento y la madre de toda compasión. Biná es el “Mundo por Venir”, no como un futuro lejano, sino como un estado de conciencia en el que todo está impregnado de significado. Cuando apreciamos, limpiamos nuestro canal de conexión con Biná. Cuando vivimos con gratitud, reabrimos el flujo de Luz. Cuando amamos con pureza, encarnamos el pacto original que une Creador y creación.
Hoy, más que nunca, necesitamos reconectarnos con ese pacto. Vivimos rodeados de abundancia, pero carentes de apreciación; saturados de estímulos, pero hambrientos de sentido. La urgencia no es material, es espiritual. El mundo no necesita más cosas, necesita más conciencia. Y esa conciencia empieza con un acto tan simple como detenerte un segundo y agradecer: por el aire, por el cuerpo, por el amor, por el día.
Apreciar es un arte que transforma la vida. Cada “gracias” sincero es una semilla que siembras en el jardín de Biná. Cada vez que eliges amar con intención, en lugar de deseo, refuerzas el pacto que sostiene al mundo. Y cada vez que eliges ver la Luz en medio del caos, reactivas el arcoíris que une el cielo con la tierra.

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