En el quinto día de la Creación, Hashem dijo: “Produzcan las aguas seres vivientes y aves que vuelen sobre la tierra frente al firmamento del cielo.” Así nacieron los peces, las aves y toda la vida que se mueve libremente. Es el primer día en que la vida palpita, respira y se multiplica. En este momento, el universo deja de ser solo estructura y comienza a tener alma.
El Zóhar explica que el agua y el aire representan los niveles más sutiles de la creación, los dominios donde la energía espiritual se expresa con más libertad. Los peces simbolizan las almas ocultas, las que se mueven en lo profundo; las aves, las almas que se elevan en búsqueda de lo divino. Ambos comparten un mismo mensaje: la vida fue creada para moverse, expandirse y elevarse.
Por primera vez, Hashem bendice directamente a sus criaturas: “Sean fecundos y multiplíquense.” La bendición de multiplicarse no es solo biológica, sino espiritual: es la invitación a expandir la conciencia, a perpetuar la Luz en todas las formas de vida. Cada criatura que respira es una expresión única del deseo divino de abundancia.
La Torá también menciona a los “gigantes acuáticos”, los Taninim HaGedolim. Los sabios los identifican con el Leviatán y su pareja, seres colosales del océano primordial. Según el Midrash, Hashem separó al macho y a la hembra, dejando solo uno para que el equilibrio del mundo no fuera destruido por su fuerza. El Leviatán representa las potencias ocultas del universo, los misterios que solo pueden revelarse en su tiempo. Su existencia nos recuerda que hay energías que deben permanecer contenidas hasta que el alma humana esté lista para comprenderlas.
El quinto día nos habla de fluidez y expansión, pero también de límites y sabiduría. El mar puede ser fuente de vida o fuerza destructora; el vuelo puede ser libertad o pérdida de rumbo. Hashem crea ambas dimensiones y nos enseña a usarlas con propósito.
✨El Día en que el Hombre Fue Llamado a Ser Puente✨
En el sexto día, Hashem completó la obra de la vida: “Produzca la tierra seres vivientes según su especie.” Aparecieron los animales terrestres: bestias, reptiles y todo lo que camina. Pero el acto culminante llegó con las palabras: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.”
El uso del plural, “hagamos”, ha sido fuente de profundas reflexiones. El Zóhar enseña que Hashem se dirigió a las fuerzas celestiales, a los ángeles y a las energías que participan en la creación. No porque necesitara su ayuda, sino para enseñarnos humildad. Si el Creador consulta antes de crear, ¿cuánto más nosotros debemos actuar con conciencia y respeto por todo lo que existe?
Ser creados a imagen y semejanza no significa parecerse físicamente a Hashem, sino compartir Su capacidad de crear, decidir y elegir. El libre albedrío es el mayor regalo y el mayor desafío del ser humano. Somos los únicos que podemos elegir entre elevar o degradar la creación. Por eso, el hombre es llamado microcosmos, porque lleva dentro de sí los elementos del cielo y de la tierra, el fuego del espíritu y el polvo del suelo.
El ser humano es el puente entre lo visible y lo invisible. A través de sus pensamientos, emociones y acciones, conecta los mundos. Cuando actúa con amor, justicia y sabiduría, eleva la materia hacia el espíritu. Cuando olvida su origen, la desconecta. El dominio sobre la tierra que Hashem le concede no es dominio de explotación, sino de responsabilidad. Gobernar la creación significa custodiarla, hacer que florezca.
El Creador también dio una instrucción clara: “Les he dado toda planta que da semilla y todo árbol con fruto que contiene semilla; eso será su alimento.” El primer mandato dietético de la humanidad fue vegetariano. La carne se permitió más adelante, solo después del diluvio, cuando la humanidad ya había perdido parte de su pureza original. En este detalle se revela el ideal de equilibrio: vivir sin violencia, honrando la vida en todas sus formas.
El sexto día cierra con una armonía perfecta entre dualidades: cielo y tierra, luz y oscuridad, masculino y femenino, materia y espíritu. Cada día anterior había separado y ordenado; el sexto los une a través del hombre, el único ser que puede integrar todas las fuerzas. Pero esta unión solo alcanza su plenitud con el Shabat, el séptimo día, cuando toda la creación se detiene y el alma del mundo respira.
La Kabbalah enseña que cada día representa una etapa del alma. En el quinto día aprendemos a movernos y fluir, en el sexto a tomar conciencia y actuar con propósito. Ambos días nos preparan para el séptimo: el descanso consciente, la conexión con la Luz.
Hashem vio todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno. Porque el bien no está solo en lo creado, sino en el equilibrio entre todas las cosas. Así, la creación culmina con una invitación: ser guardianes de la vida, constructores del orden y portadores de la Luz. ✨

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