En el cuarto día de la Creación, Hashem pronunció una orden que marcaría el ritmo de la existencia: “Haya luminarias en el firmamento del cielo para separar el día de la noche, y que sirvan como señales para las festividades, los días y los años.” Con estas palabras, el universo comenzó a respirar al compás del tiempo. Aparecieron el sol, la luna y las estrellas: las luces que gobiernan el cielo y, simbólicamente, las luces que gobiernan el alma.
El Zóhar explica que las luminarias no fueron creadas solo para alumbrar la tierra, sino para traer orden y conciencia al flujo del tiempo. El sol marca el día, la luna regula los meses, y las estrellas trazan el curso del año. En ese diseño divino hay una enseñanza profunda: la espiritualidad no ignora el tiempo, lo santifica. Hashem no creó el tiempo para que nos esclavicemos a él, sino para que aprendamos a usarlo como un puente entre el cielo y la tierra.
Cada luminaria tiene su función. El sol representa la claridad, la fuerza, la expansión. Es símbolo de la conciencia activa, del dar. La luna, en cambio, refleja la luz; no tiene brillo propio, pero su presencia transforma la oscuridad en belleza. La luna representa el alma receptiva, la humildad, la capacidad de recibir y reflejar la Luz divina. Entre ambos se crea una danza cósmica, el perfecto equilibrio entre la energía masculina y la femenina, entre el dar y el recibir, entre la acción y la contemplación.
La Torá menciona que Hashem hizo “las dos grandes luminarias”, pero luego aclara: “la luminaria mayor para regir el día y la menor para regir la noche”. Nuestros sabios dicen que, en un principio, el sol y la luna eran iguales, pero la luna se quejó diciendo: “¿Cómo pueden dos reyes usar una misma corona?”. Hashem le respondió: “Ve y disminúyete a ti misma.” No fue un castigo, sino un acto de humildad cósmica. Desde entonces, la luna nos enseña que la verdadera grandeza se encuentra en saber reflejar la Luz, no competir con ella.
En este día también aparece un misterio lingüístico. La palabra hebrea me’orot (מְאֹרֹת), que significa “luminarias”, puede leerse también como me’erá (מְאֵרָה), “plaga” o “maldición”. ¿Por qué esta asociación? Los sabios enseñan que cuando las luminarias —el orden del cielo— se desequilibran, el mundo entero sufre. Los eclipses o alteraciones cósmicas no son supersticiones, sino recordatorios simbólicos: cuando la Luz y la oscuridad se confunden, cuando el orden divino se distorsiona, aparecen las “plagas” del alma —caos, miedo, desconexión.
Así como el sol y la luna se mantienen en sus trayectorias, nosotros también debemos aprender a permanecer en el equilibrio de nuestro propósito. Cuando olvidamos nuestra función y tratamos de brillar fuera del orden divino, se genera desarmonía, tanto interna como externa. El secreto está en reconocer que cada uno tiene su propio ritmo, su propio brillo, su propio tiempo para iluminar.
Hashem estableció las luminarias para que marquen las festividades, los días santos, los ciclos agrícolas y espirituales. Todo en la creación gira en torno al tiempo sagrado. No es casual que nuestras celebraciones estén determinadas por el movimiento de la luna y el sol. Las festividades no son simples fechas: son portales energéticos, ventanas donde el Creador abre flujos de Luz específicos para cada etapa del alma.
El cuarto día nos enseña que el tiempo no es un enemigo, sino un aliado divino. Cada amanecer y cada anochecer nos invitan a reconectarnos con el orden cósmico. Cada ciclo lunar nos recuerda que incluso cuando disminuimos, volveremos a crecer. Cada estrella que brilla nos dice que hay propósito incluso en la inmensidad.
Hoy más que nunca necesitamos recuperar la relación sagrada con el tiempo. Vivimos corriendo, quemando días y noches sin notar que cada uno lleva una energía particular que puede nutrirnos. Detente un momento y mira el cielo: el sol te enseña a dar, la luna a recibir, las estrellas a recordar tu pequeñez dentro de algo infinito.
El mensaje del cuarto día es claro: ordena tu tiempo, sincroniza tu vida con la Luz. Cuando lo haces, el universo entero conspira para iluminarte. Porque las luminarias no fueron puestas solo en el cielo: fueron encendidas también dentro de ti. ✨

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