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✨El Día en que la Tierra Despertó✨

En el tercer día de la Creación, Hashem ordenó: “Que las aguas por debajo del cielo se junten en un solo lugar y que aparezca la tierra seca.” En ese momento, el caos comenzó a tomar forma. Las aguas obedecieron, revelando el suelo firme sobre el cual la vida podría florecer. Hashem llamó a lo…

En el tercer día de la Creación, Hashem ordenó: “Que las aguas por debajo del cielo se junten en un solo lugar y que aparezca la tierra seca.” En ese momento, el caos comenzó a tomar forma. Las aguas obedecieron, revelando el suelo firme sobre el cual la vida podría florecer. Hashem llamó a lo seco aretz (tierra) y al conjunto de las aguas yamim (mares), y vio que era bueno .

El tercer día representa el principio de la estabilidad, el paso del movimiento sin forma a la concreción, del potencial a la manifestación. Según el Zóhar, cuando las aguas se retiraron, la tierra emergió como un acto de humildad: se “retiró” para que otro pudiera existir. Esa renuncia es la base de toda creación divina: nada nuevo nace sin que algo ceda su espacio. Hashem enseña aquí el arte de la cooperación, el equilibrio entre fluir y contener.

En este mismo día, Hashem ordenó que la tierra produjera vegetación, hierbas y árboles frutales. Pero la Torá nos revela un detalle profundo: la tierra “desobedeció”. Hashem había dicho que el árbol mismo debía tener sabor a fruto, pero la tierra sólo hizo “árbol que produce fruto”. Por eso, cuando Adam comió del fruto prohibido, la tierra también fue “castigada”, cargando simbólicamente con esa desobediencia. No fue una rebeldía, sino una expresión de autonomía: la tierra eligió actuar según su propia naturaleza limitada, mostrándonos que incluso la materia tiene libre albedrío dentro del plan divino.

Esta historia es una metáfora del alma humana. A veces, aunque escuchemos la voz divina, actuamos según nuestra comprensión, no por maldad, sino porque aún no alcanzamos la plenitud del mandato. Sin embargo, la bondad de Hashem se muestra incluso ahí: “Y vio que era bueno” se repite dos veces en este día —una por la culminación del acto del segundo día, y otra por el acto del tercero— enseñándonos que la corrección y la continuidad también son formas de bondad.

Las separaciones en la Creación, lejos de ser rupturas, son el inicio del orden. Separar las aguas fue necesario para que surgiera la tierra; separar el cielo de la materia permitió que apareciera el espacio donde la vida puede desarrollarse. La Kabbalah enseña que cada separación divina busca revelar propósito. El bien y el mal, la luz y la oscuridad, el agua y la tierra: todos son dualidades que, al encontrar su límite, dan nacimiento a la armonía.

El tercer día es, por tanto, el día de la manifestación: donde el caos se organiza y la vida aparece. Es el recordatorio de que en medio de nuestras propias aguas —esas emociones, pensamientos y confusiones— también hay una tierra firme esperando emerger. Cuando te ordenas, cuando das forma a tus talentos y transformas tus emociones en servicio, estás recreando el tercer día dentro de ti.

Hoy Hashem sigue diciendo: “Que se junten las aguas”. Te invita a reunir lo disperso, a encontrar el centro y permitir que tu tierra interior florezca. Cada acto de claridad, cada decisión que tomas con fe, es una semilla que germina. Y cuando tus raíces alcanzan profundidad, el cielo celebra, porque la tierra ha vuelto a cumplir su propósito: dar fruto, multiplicar la vida y mantener viva la bondad del Creador. ✨ 

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