En el principio, cuando todo era caos y vacío, Hashem pronunció las palabras que dieron origen al sentido mismo de la existencia: “Yehi or – Que haya luz.” Con esa frase comenzó no solo el universo, sino también la conciencia. Antes de ese instante no había forma, ni dirección, ni propósito. La Torá nos dice que la tierra estaba “tohu va-bohu”, desordenada y vacía, y que la oscuridad cubría el abismo. Es entonces cuando el Espíritu de Hashem se mueve sobre las aguas, como una intención que flota en silencio antes de crear algo sublime.
Esa primera luz no era la luz del sol ni la de las estrellas, pues ellas serían creadas más tarde. Era la Luz primordial, la Luz espiritual que el Zóhar llama “Or HaGanuz”, la luz oculta que brilla en los mundos superiores. Esa Luz es la manifestación directa de la voluntad divina, la chispa que da sentido al universo y al alma humana. Fue separada de la oscuridad no como enemigos, sino como dos fuerzas complementarias que se necesitan mutuamente para revelar el propósito de la creación. Porque sin oscuridad no hay contraste, y sin contraste no hay conciencia de la Luz.
La Kabbalah enseña que la oscuridad no es la ausencia de Hashem, sino la forma en que Él se oculta para permitirnos buscarlo. Si todo fuera Luz, no habría libre albedrío ni crecimiento espiritual. Por eso la Creación comienza con esa dualidad: la oscuridad representa el misterio, el proceso, el desafío; la Luz representa la revelación, la sabiduría y el amor. Hashem no destruye la oscuridad, la ordena. Y al hacerlo nos enseña que el propósito no es huir del caos, sino transformarlo.
Cuando la Torá dice “Vio Hashem que la Luz era buena”, no habla solo de belleza o utilidad. Habla de armonía. La bondad de la Luz está en su capacidad de integrarse al orden divino y dar sentido a lo creado. Al separar la Luz de la oscuridad, Hashem establece el ritmo del tiempo: “Fue la tarde y fue la mañana, un día.” Este ciclo es el primer patrón de toda la existencia: primero oscuridad, luego Luz; primero confusión, luego claridad; primero el esfuerzo, luego la revelación.
Rashi señala que la Torá dice “un día” y no “primer día” porque hasta ese momento solo Hashem existía; aún no había ángeles ni testigos, solo Él y Su Luz. En ese detalle está escondida una enseñanza profunda: todo verdadero inicio ocurre en soledad. Todo despertar espiritual comienza cuando una chispa interior decide iluminar el vacío personal, aunque nadie más lo vea. Así como Hashem creó el día desde la noche, tú puedes transformar tus sombras en Luz, si recuerdas que incluso la oscuridad obedece al Creador.
La creación del cielo y la tierra en este primer día no fue solo la fundación del mundo físico, sino la revelación del orden espiritual que lo sostiene. “Cielo” representa las dimensiones superiores, la consciencia, el espíritu. “Tierra” simboliza la materia, el cuerpo, lo tangible. Al unir ambos, Hashem nos mostró que el verdadero propósito del ser humano es ser un puente entre ambos mundos, canalizando la energía celestial hacia la realidad material.
Hoy, cuando todo parece confuso o incierto, el mensaje de Bereshit sigue siendo actual: la Luz sigue existiendo, aunque esté oculta tras la oscuridad de nuestros pensamientos, miedos o dudas. No necesitas que el mundo cambie para ver claridad; basta con decir dentro de ti, con intención pura: “Que haya luz.” Hashem responderá igual que al principio, revelando la claridad que ya estaba presente desde antes de que todo comenzara.
Porque el primer día no fue solo el inicio del universo: fue el inicio del alma humana, el recordatorio de que toda oscuridad es temporal, y que la Luz —la verdadera Luz— nunca se apaga. ✨

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