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✨ “Jacob: la belleza del alma que une el cielo y la tierra” ✨

En la tercera noche de Sukkot, cuando encendemos las luces bajo la Sukká y pronunciamos las antiguas palabras del Ushpizín, recibimos a nuestro tercer huésped: Iaäkov Avinu —Jacob, el patriarca del equilibrio, el corazón de la belleza y la verdad. En este día, la energía que desciende al mundo es Jésed de Tiféret, la misericordia…

En la tercera noche de Sukkot, cuando encendemos las luces bajo la Sukká y pronunciamos las antiguas palabras del Ushpizín, recibimos a nuestro tercer huésped: Iaäkov Avinu —Jacob, el patriarca del equilibrio, el corazón de la belleza y la verdad. En este día, la energía que desciende al mundo es Jésed de Tiféret, la misericordia que se expresa a través de la armonía. Es un día para sentir que la compasión puede vestirse de forma hermosa, y que la belleza auténtica no está en la apariencia, sino en el alma que equilibra los extremos.

El texto sagrado dice:

“¡Entren, sagrados huéspedes excelsos! ¡Entren, ancestros nuestros, Abraham, Isaac, Moisés, Aarón, José y David!”

Y en el centro de todos ellos se sienta Iaäkov, el hombre íntegro, el que supo transformar la lucha en bendición y el conflicto en luz. Él representa la columna central del Árbol de la Vida, el punto donde el amor (Jésed) y la fuerza (Guevurá) se abrazan para dar nacimiento a la belleza (Tiféret).

La enseñanza de Iaäkov es clara: la redención no se alcanza desde los extremos, sino desde el centro. Así como en el cuerpo el corazón equilibra la sangre, en la vida espiritual el alma debe equilibrar el impulso y la quietud, la justicia y la compasión, la acción y la contemplación. Cuando lo logramos, el mundo entero vibra en armonía.

Por eso, cada noche de Sukkot se convierte en un espejo de la evolución del alma. Abraham nos enseñó a abrir el corazón; Isaac, a fortalecer la voluntad; e Iaäkov, a unir ambas cosas para caminar en belleza. El Zóhar dice que Iaäkov es el “trono de la misericordia”, aquel que sostiene la estructura del cosmos a través de su equilibrio. No es un equilibrio pasivo, sino consciente: el que sabe cuándo avanzar y cuándo esperar, cuándo dar y cuándo guardar silencio.

Al pronunciar “Ma Tovu Ohaleja Yaakov, Mishkenoteja Israel” —“¡Qué hermosas son tus tiendas, oh Jacob!”— recordamos que las tiendas son símbolo del alma humana. No importa de qué estén hechas tus paredes externas, lo que verdaderamente embellece tu morada es la luz interior que irradias. En cada Sukká, aunque esté hecha de ramas simples, se revela el mismo principio: la humildad abre la puerta a la hermosura divina.

Los sabios enseñan que Tiféret es la emanación que refleja la gloria del Creador en todas las cosas bellas del mundo: en una palabra justa, en una acción bondadosa, en una mirada compasiva. Por eso, cuando Iaäkov entra como huésped espiritual, nos invita a vestirnos de belleza interior, como dice el profeta Isaías: “Despierta, despierta, vístete tu fortaleza, oh Sion; vístete tus ropas de hermosura, oh Jerusalén.”

La hermosura en la Kabbalah no es estética, es energía. Es la armonía que nace cuando la voluntad divina fluye sin resistencia a través del ser humano. Cuando somos canales puros del bien, nos volvemos bellos a los ojos del Cielo. Iaäkov encarna esa pureza: luchó con el ángel de su sombra y lo transformó en fuerza espiritual, convirtiéndose en Israel, “el que vence con Dios”. Su historia nos enseña que la verdadera victoria no está en dominar al otro, sino en dominarse a uno mismo.

Durante este tercer día de Sukkot, las oraciones que recitamos son llaves para abrir esa frecuencia. Los versículos del Mishlé, Tehilim y Devarim nos recuerdan que la belleza divina se manifiesta en el ser humano que vive con propósito, en quien busca elevar su alma cada día. “Dará a tu cabeza aumento de gracia; corona de hermosura te entregará”, dice Mishlé 4:9. Esa “corona” es el brillo espiritual que se alcanza cuando tus pensamientos, palabras y actos están alineados con tu esencia más elevada.

Sukkot es, en el fondo, un entrenamiento para la redención. Cada noche, al invitar a un patriarca, nos reconectamos con una energía arquetípica que vive dentro de nosotros. La noche de Iaäkov nos enseña a reconciliar las fuerzas opuestas, a sanar los conflictos internos, a caminar erguidos entre el cielo y la tierra. Porque Iaäkov no es solo un ancestro histórico: es el modelo del alma que despierta, que aprende a tejer belleza con los hilos del caos.

Hoy, cuando te sientes bajo tu Sukká, imagina que Iaäkov entra contigo. Siente cómo su energía armoniza tu mente, tu corazón y tus actos. Permite que esa Tiféret —esa belleza equilibrada— ilumine tus decisiones, tus relaciones y tu propósito. El mundo necesita almas que reflejen esa luz, no desde la perfección, sino desde la coherencia.

No esperes un momento ideal para comenzar a vivir con equilibrio. Empieza hoy. Vístete de belleza interior, de compasión activa y de fuerza amorosa. La redención comienza cuando uno solo decide ser el puente entre el cielo y la tierra.

Y esa es, precisamente, la misión de Iaäkov —y ahora, la tuya. 🌙✨

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