En la segunda noche de Sukkot, el alma del patriarca Itzjak —Isaac— visita nuestra Sukká. No llega con grandes discursos ni con guerras ganadas. Llega con algo más poderoso: la energía de la Guevurá, la fuerza interior que domina, canaliza y transforma el impulso en bendición. Es el segundo paso en el Camino de la Redención, el momento donde la bondad (Jésed) aprende a tener forma, dirección y propósito.
Cuando decimos “¡Entren, sagrados huéspedes excelsos!”, no sólo estamos invitando a los patriarcas a nuestra mesa; estamos abriendo el corazón para que la Luz que ellos representan se asiente dentro de nosotros. Abraham trajo el amor y la expansión. Isaac nos enseña a dar forma al fuego, a convertir la pasión en fuerza controlada, y a sembrar con intención.
El versículo dice:
“Y sembró Isaac en aquella tierra, y halló aquel año ciento por uno; y le bendijo HaShem.”
( Bereshit 26:12 )
No es casualidad que la palabra clave aquí sea “sembró”. Isaac representa la semilla. Él no busca resultados rápidos ni luces deslumbrantes; trabaja en silencio, con paciencia, con disciplina, con fe. La Guevurá no es rigidez ni frialdad: es el poder de contener el impulso para que la energía florezca en el momento correcto.
Así como el agricultor no abre la tierra con violencia, sino con respeto por su ritmo, así también el alma debe aprender a contener sus emociones y pensamientos para permitir que el fruto madure dentro. Sukkot es precisamente esa enseñanza: una semana bajo un techo frágil que nos recuerda que la verdadera fortaleza no está en el concreto, sino en la fe que sostiene la vida.
Cuando meditamos los versículos de los Tehilim —“Despierta tu poderío y ven a salvarnos”, “Tuyo es el brazo con valentía”, “No me abandones hasta que anuncie Tu fuerza”— estamos reconectando con ese poder interno que Isaac encarna. La Guevurá despierta cuando dejamos de pelear con el mundo y comenzamos a dirigir nuestra energía hacia la transformación.
Isaac fue el único patriarca que no salió de la Tierra de Israel. Eso nos enseña algo profundo: la redención también ocurre cuando aprendemos a permanecer, cuando no huimos de los desafíos sino que los convertimos en tierra fértil. Él representa la estabilidad que sostiene el fuego, la quietud que hace posible la creación.
En Sukkot, esa enseñanza se manifiesta en la Sukká misma: una estructura débil que sólo se mantiene por la confianza. Allí, bajo la sombra de la Fe Sublime (Betzilá Dimehemenutá Illaá), reconocemos que la protección real viene del Santo, Bendito Sea. La Sukká se convierte en símbolo de Guevurá equilibrada con Jésed: firmeza con dulzura, límite con amor, estructura con alma.
Recitar los nombres de los patriarcas cada noche no es una costumbre vacía; es una invocación viva. Cuando decimos “Que entre Isaac, el que fue atado”, evocamos el poder del sacrificio, del autocontrol, del alma que confía plenamente en su Creador. Isaac no fue un mártir, fue un ejemplo de entrega consciente: él sabía que la voluntad divina no destruye, sino que purifica y eleva.
Cada vez que alguien siembra en tierra árida, que trabaja sin reconocimiento, que se disciplina sin aplausos, que mantiene su fe a pesar de la duda, está manifestando la fuerza de Isaac. Esa es la semilla que la humanidad necesita hoy: el equilibrio entre la pasión de Abraham y la templanza de Isaac, entre la expansión y la contención, entre el impulso y la sabiduría.
La redención no llega con ruido ni con guerras; llega cuando el corazón aprende a ser fuerte sin ser duro, firme sin ser inflexible, generoso sin perder su centro. Por eso, esta noche de Sukkot, al pronunciar las palabras antiguas, deja que su eco despierte en ti esa misma energía: la del alma que confía en su propósito, aunque aún no vea el fruto.
Isaac nos recuerda que cada semilla necesita oscuridad antes de brotar, y que cada alma debe pasar por su propia “atadura” para descubrir su verdadero poder. El milagro ocurre cuando comprendemos que el brazo fuerte de HaShem no está lejos, sino latiendo dentro de nosotros, esperando que despertemos nuestra Guevurá interior.
Hoy más que nunca, el mundo necesita personas que siembren con fe, que construyan con propósito y que crean, incluso en medio de la incertidumbre. Que cada uno de nosotros, bajo nuestra pequeña Sukká personal, despierte el poder silencioso de Isaac y transforme su vida en una tierra que florece “ciento por uno”.
Porque el Camino de la Redención comienza justo ahí: en la semilla que decides plantar hoy. 🌾✨

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