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 “Bajo la sombra de la Fe: el primer huésped del alma en Sukkot”

Sukkot no es solo una fiesta llena de ramas, frutas y cantos; es una ventana abierta hacia el futuro, una cita espiritual con el Paraíso que fue y el que será. Si Pésaj nos recuerda el nacimiento del pueblo de Israel —la primavera de la libertad— y Shavuot nos conecta con la revelación divina en…

Sukkot no es solo una fiesta llena de ramas, frutas y cantos; es una ventana abierta hacia el futuro, una cita espiritual con el Paraíso que fue y el que será. Si Pésaj nos recuerda el nacimiento del pueblo de Israel —la primavera de la libertad— y Shavuot nos conecta con la revelación divina en el Sinaí —la entrega de la Torá—, Sukkot representa el destino final: la Redención. Es el eco de un tiempo en el que la humanidad volverá a vivir en armonía con la Luz, como en el Jardín del Edén.

En esta visión profunda, cada noche de Sukkot nos invita a recibir huéspedes sagrados, los Ushpizín, patriarcas y maestros que representan distintas cualidades divinas. La primera noche está dedicada a Abraham Avinu, el patriarca del Jésed de Jésed, la bondad absoluta. En la Kabbalah, Abraham simboliza el fluir sin medida del amor divino, la expansión del corazón que da sin esperar recibir, la hospitalidad que abre las puertas del alma. Por eso, Sukkot comienza con él: porque sin amor, ninguna redención es posible.

La Sukká, con su techo de ramas y su fragilidad aparente, es un recordatorio de que la verdadera seguridad no viene de las paredes de piedra, sino de la confianza en la Fe Sublime (Emuná ‘Iláá). Sentarse bajo su sombra es un acto de humildad: aceptar que todo lo que tenemos proviene del Creador, y que, en medio de la incertidumbre, podemos habitar en paz. Como dice el rezo:

“Tomen asiento, ancestros sagrados, bajo la sombra de Fe sublime, bajo la sombra del Santo, Bendito Es.”

Cuando invitamos a Abraham a nuestra Sukká, no solo lo hacemos con palabras; lo hacemos con actos. Cada gesto de generosidad, cada sonrisa compartida, cada alimento ofrecido se convierte en una extensión del Jésed. En la tradición, se dice que quien abre su mesa al necesitado, abre su corazón a la Presencia Divina. Abraham, que recibía a los caminantes bajo su tienda en el desierto, es el arquetipo de esta apertura: su hospitalidad no conocía condiciones. Él no preguntaba quién eras, solo te ofrecía sombra, agua y pan. En esa acción, reflejaba la esencia misma del Creador.

Por eso, durante este primer día de Sukkot, se recitan los versículos que evocan la misericordia divina:

“Vuelve, oh HaShem, libra mi alma; sálvame por Tu misericordia.” (Tehilim 6:5)

“Sea Tu misericordia, oh HaShem, sobre nosotros, según esperamos en Ti.” (Tehilim 33:22)

“Levántate para ayudarnos y redímenos por Tu misericordia.” (Tehilim 44:27)

Cada palabra resuena como un puente entre el pasado y el futuro. Sukkot no se queda en la historia: nos prepara para la Redención Final (Gueulá Shelemá), el momento en que la humanidad, unida como las Cuatro Especies que agitamos juntas, será un solo cuerpo espiritual. El etrog (corazón), el lulav (columna), el hadás (ojos) y la aravá (labios) representan a cada tipo de persona. Solo cuando todos vibramos juntos —el justo, el sabio, el que actúa, el que aprende—, el pueblo se completa.

Abraham, en su vejez, fue bendecido “en todo” (Bakol, dice la Torá, Bereshit 24:1_). Los sabios enseñan que ese “todo” es la plenitud del alma que ha aprendido a amar sin límites. Sukkot nos invita a vivir ese estado: abrir el corazón como Abraham, para que la bendición fluya en todas las direcciones.

Sentarse en la Sukká es como regresar a casa después de siglos de exilio interior. Es recordar que la redención no empieza con milagros externos, sino con una decisión interna: vivir desde la bondad.

Hoy, mientras el viento mueve las hojas del s’chaj sobre tu cabeza y la luz del sol se filtra como oro entre las ramas, escucha el susurro del alma de Abraham diciéndote:

“Sé un canal de bendición. Da. Ama. Comparte. Esa es la llave del Edén.”

Porque la Redención empieza en el instante en que elegimos abrir nuestras manos, nuestro hogar y nuestro corazón, invitando al mundo entero a sentarse bajo la sombra de la Fe.

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