Cada tanto, el universo nos invita a hacer una pausa y recordar lo esencial. No lo hace con ruido ni con grandes señales, sino con símbolos antiguos que siguen vivos porque hablan un lenguaje que el alma nunca olvida. Sucot, la llamada “Fiesta de las Cabañas”, es uno de esos momentos en los que la sabiduría ancestral se cruza con la vida moderna para recordarnos algo simple y profundo: la seguridad no viene de las paredes que construimos, sino de la Luz que nos habita.
Sucot llega después de los días intensos de introspección y juicio espiritual de Rosh Hashaná y Yom Kipur. Es el descanso del alma, el respiro después del trabajo interior, la sonrisa después de haber llorado lo necesario. En la superficie parece una tradición pintoresca —comer bajo una cabaña de ramas, invitar amigos, mirar las estrellas—, pero la Kabbalah enseña que es mucho más que eso. Sucot es un portal energético donde el alma aprende a confiar, agradecer y reconectarse con la fuente.
La Torá no presenta esta festividad como una anécdota del pasado, sino como un código de energía que se activa año tras año. Cuando dice “durante siete días habitarás en una sucá”, no habla solo de un refugio físico. Habla de la práctica espiritual más pura que existe: habitar la fragilidad con conciencia. Vivir en una sucá —una estructura temporal y abierta al cielo— es una metáfora poderosa del ser humano: vulnerable, cambiante, pero sostenido por algo invisible y eterno.
La Kabbalah enseña que las paredes de la sucá representan el cuerpo, la mente y el espíritu, y el techo —llamado Sejaj— representa la conciencia. No debe ser completamente cerrado ni completamente abierto; debe permitir que la luz y la sombra coexistan. Eso nos recuerda que la vida no es blanco o negro, sino un equilibrio entre ambas fuerzas. El alma crece justo ahí: donde entra la Luz, pero también hay sombra que invita a reflexionar.
Sucot es también una lección sobre el deseo. En el Árbol de la Vida, se conecta con la columna izquierda, la del deseo y la fuerza interior. Pero en la Kabbalah no se busca eliminar el deseo, sino transformarlo. La energía de Sucot nos enseña a recibir, sí, pero no solo para nosotros mismos, sino para compartir. Porque el deseo sin propósito genera vacío, pero el deseo alineado con la Luz genera abundancia.
Por eso durante Sucot se agitan las “cuatro especies”: el Lulav (palmera), el Etrog (cidro), el Hadás (mirto) y la Aravá (sauce). Cada una representa una parte del cuerpo y una dimensión del alma: la columna, el corazón, los ojos y los labios. Al agitarlas juntas, unificamos mente, emoción, visión y palabra en una sola dirección: la de la armonía con la Luz. Es una forma de recordarle al cuerpo que también es un templo y al espíritu que no necesita estar separado del mundo para sentirse sagrado.
Sucot también nos habla de alegría. Pero no de esa alegría condicionada por el resultado o el éxito, sino de una alegría que nace de la certeza. En el Zóhar se enseña que durante Sucot, el universo envuelve al alma con “Nubes de Gloria”, una energía protectora que cubre al justo. Son nubes simbólicas, claro, pero representan ese escudo luminoso que nos rodea cuando confiamos, cuando soltamos el control y decidimos vivir con fe.
En un mundo donde todo parece efímero, Sucot nos enseña a vivir felices en lo transitorio. A dejar de buscar estabilidad en lo que cambia y a encontrarla en lo eterno: la conciencia. No hay seguridad más real que la de un corazón que confía. Y no hay techo más firme que la certeza de estar guiado por la Luz, aunque no veamos el mapa completo.
Los cabalistas explican que la alegría de Sucot no es una emoción pasajera; es una tecnología espiritual. Cada sonrisa, cada gesto de gratitud, cada momento en que decides ver la bendición en lugar del problema, activa canales de energía que traen abundancia al mundo. La alegría no es una consecuencia, es una causa. No esperes a que llegue para celebrarla: celébrala para que llegue.
Y quizás el mensaje más hermoso de Sucot está en su universalidad. El Midrash dice que en los tiempos del Templo se ofrecían 70 sacrificios durante esta festividad, uno por cada nación del mundo. Eso significa que la Luz de Sucot no pertenece a un solo pueblo ni a una sola fe: es una energía que abraza a toda la humanidad. En un tiempo en el que los muros parecen multiplicarse, Sucot nos recuerda que todos vivimos bajo el mismo cielo, y que la verdadera espiritualidad no separa, sino que une.
Habitar una sucá es un acto simbólico de humildad. Es mirar el techo y entender que, aunque las ramas se muevan con el viento, lo divino sigue ahí. Es compartir una comida sencilla con alguien y sentir que eso basta. Es reír, agradecer y vivir sabiendo que la fragilidad no es un defecto, sino una puerta hacia lo sagrado.
Sucot, desde la Kabbalah, es una invitación a volver al centro, a confiar de nuevo, a vivir con el alma encendida. No necesitas una cabaña para hacerlo; basta con una conciencia dispuesta. Basta con recordar que tu cuerpo es tu sucá, que tu respiración es el Sejaj, que tus relaciones son las paredes que te sostienen y que el cielo —ese cielo abierto de posibilidades infinitas— siempre está sobre ti.
Este es el tiempo de la cosecha espiritual. Es el momento de agradecer, de integrar, de mirar tu año y reconocer los frutos que crecieron. Algunos fueron dulces, otros amargos, pero todos te nutrieron. Sucot te enseña que todo tiene sentido, incluso lo que aún no entiendes.
Así que mientras el viento se mueve y las hojas crujen, haz una pausa. Mira hacia arriba.
Tu sucá interior te espera.
Porque la Luz no necesita templos… solo corazones dispuestos a dejarla entrar.
✨ Sucot no es solo una fiesta; es una forma de vivir en conexión, gratitud y alegría. Y ese es el milagro más grande de todos. ✨

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