Hay frases en la Torá que parecen simples, pero esconden verdades profundas sobre la vida y la conciencia. Una de ellas es la que abre la porción de Haazinu: “Presten oídos, Cielos, y yo hablaré” (Devarim 32:1). A primera vista parece una oración poética, pero si la miramos con atención, encierra un principio espiritual poderoso: el acto de escuchar precede al de hablar.
La lógica humana diría que primero alguien debe hablar y luego los demás escuchan, pero la Torá invierte el orden, y lo hace con intención. Nos está enseñando que la revelación divina —la voz del Creador, la sabiduría, la guía, la inspiración— solo puede manifestarse cuando hay disposición para escuchar. Escuchar no es oír sonidos; es abrir el corazón, calmar la mente y crear un espacio interior para que la Luz pueda entrar.
El Creador no grita. Habla en silencio, a través de señales, intuiciones, sincronías o palabras que resuenan en el momento justo. Pero si nuestra vida está llena de ruido —preocupaciones, juicios, orgullo o distracciones— simplemente no hay espacio para esa voz. Es como intentar ver el reflejo del cielo en un lago agitado: hasta que el agua no se aquieta, la imagen no aparece.
Esta enseñanza es universal. Los sabios, los kabbalistas y hasta los maestros orientales coinciden en algo: quien no sabe escuchar, no puede aprender. De ahí viene el famoso principio: “Cuando el estudiante está listo, el maestro aparece.” Pero el “listo” no se refiere a tener conocimientos o técnicas, sino a estar receptivo. El maestro puede estar frente a nosotros desde hace años, pero solo cuando estamos dispuestos a escuchar con humildad y atención, lo reconocemos.
Pasa igual en la vida. Muchas veces pedimos señales, respuestas o milagros, pero no estamos realmente abiertos a oírlos. Queremos que el Creador nos hable, pero no le damos silencio, tiempo ni espacio. Y el universo, como un gran maestro paciente, espera a que estemos preparados para comprender.
Escuchar primero es un acto de humildad, de reconocer que no lo sabemos todo y que aún podemos aprender. En ese instante, el alma se expande y se vuelve canal para la sabiduría. Entonces, la voz del Creador se manifiesta con claridad, no como un estruendo externo, sino como una certeza interna que nos guía con suavidad y poder.
Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar la capacidad de escuchar. Vivimos en una época en la que todos quieren hablar, enseñar, opinar… pero pocos se detienen a oír. El caos del mundo moderno no se resolverá con más ruido, sino con más conciencia. Si aprendemos a escuchar profundamente —a los demás, a nuestro corazón y al Creador—, entonces la Luz podrá hablarnos, y lo hará de formas que cambiarán por completo nuestra vida.
La invitación está abierta: guarda silencio, abre el alma, y escucha. Tal vez eso que llevas tanto tiempo buscando ya está siendo dicho, solo que aún no habías prestado atención.

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