Cuando pensamos en espiritualidad, la mayoría suele imaginar festividades, rezos especiales o momentos marcados en el calendario. Sin embargo, la Kabbalah y el Zohar nos recuerdan algo mucho más profundo: la conexión con la Luz no se enciende y se apaga como un interruptor, es un estado natural que debe acompañarnos en cada respiro, en cada paso, en cada instante de nuestra vida.
El alma no entiende de fechas; su propósito es brillar constantemente. Limitar la espiritualidad a un solo día de Shabbat o a una festividad es como pretender que el corazón lata solo los domingos. La verdadera transformación ocurre cuando dejamos de separar lo “espiritual” de lo “cotidiano” y entendemos que todo lo que hacemos —trabajar, caminar, comer, escuchar a alguien— es también parte del sendero hacia la Luz.
El Zohar enseña que la Luz del Creador se manifiesta tanto “cuando te sientas en tu casa” como “cuando andes por el camino”. Es decir, no hay momento neutro: cada instante es una oportunidad de revelar energía, de traer el Jardín del Edén a la tierra. Y los grandes kabbalistas como Rav Brandwein nos mostraron que la espiritualidad no se mide en rituales aislados, sino en cómo irradiamos compasión, bondad y conciencia incluso en las cosas más simples.
El reto está en asumir que la vida misma es el templo. La oficina, la calle, la cocina, todo puede ser un altar si en nuestro interior cultivamos la chispa de la Luz. Esa es la meta del trabajo espiritual: llegar a un punto en que no tengamos que forzarnos a “ser espirituales”, porque la espiritualidad ya se volvió nuestra segunda piel.
En un mundo que nos arrastra al ruido y la distracción, recordar esto es vital. No esperes al próximo Shabbat ni a la próxima festividad para despertar tu alma. Hazlo hoy, en este momento. Cada respiro es un portal y cada acción una semilla de eternidad. Y si no lo aprovechamos ahora, quizá dejemos pasar la oportunidad de revelar la Luz que podría cambiarlo todo.

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