Hay una verdad que, cuando la entiendes, transforma tu manera de ver la vida: cada inicio contiene el ADN de todo el ciclo. Así de simple y así de poderoso. Lo pequeño esconde lo grande, lo invisible marca lo visible, y lo que siembres al principio es lo que vas a cosechar al final.
La Kabbalah nos lo enseña con ejemplos claros. El Shabat no es solo un día de descanso; es la semilla de toda la semana. La forma en que lo vives define la calidad de los siete días que siguen. Siembra paz, recibes paz. Siembra caos, recibes caos. Lo mismo con la Luna Nueva: no es solo un cambio de calendario, es la semilla energética del mes. Ahí se siembra la dirección de lo que vivirás en esos 30 días. Y a mayor escala, el mismo principio se aplica a Rosh Hashaná: los dos días que contienen el ADN de tu año entero.
Piensa en la semilla de un árbol. Es diminuta, frágil, casi insignificante. Pero en ella ya está escrito el código completo de lo que será: raíces, ramas, frutos, sombra. No hay sorpresas: de manzana sale manzana, de roble sale roble. Y en lo espiritual es igual. Si plantas miedo en tu inicio, cosecharás miedo. Si plantas conciencia, compartir y expansión, cosecharás bendiciones.
La diferencia entre repetir el mismo año una y otra vez o dar un salto a una vida nueva está en la semilla. Y lo más emocionante es que esa semilla depende de tu conciencia. No se trata de suerte, ni de superstición, se trata de un diseño universal que siempre funciona.
Por eso es tan urgente entender la idea de la semilla. No basta con “esperar que el año sea mejor”. Si no cambias tu siembra, la cosecha será la misma. Y ahora mismo tienes la oportunidad de sembrar distinto, de poner en tu semilla lo que realmente quieres ver crecer en tu vida.
Así que pregúntate: ¿qué semilla quieres plantar en tu semana, en tu mes, en tu año? Porque todo lo demás es consecuencia. Y si entiendes esto, no hay excusas: el futuro está literalmente en tus manos, en cada inicio que decides cómo vivir.

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