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Bendiciones y Maldiciones: La clave está en tu apreciación

Hay momentos en la vida en los que todos nos preguntamos: ¿por qué algunas cosas parecen fluir con facilidad mientras otras se sienten como una cuesta interminable? En la Parashá de Ki-Tavó encontramos una respuesta poderosa: las bendiciones y las maldiciones no son castigos externos, sino reflejos de nuestra propia conciencia. La Torá nos cuenta…

Hay momentos en la vida en los que todos nos preguntamos: ¿por qué algunas cosas parecen fluir con facilidad mientras otras se sienten como una cuesta interminable? En la Parashá de Ki-Tavó encontramos una respuesta poderosa: las bendiciones y las maldiciones no son castigos externos, sino reflejos de nuestra propia conciencia.

La Torá nos cuenta que las bendiciones fueron proclamadas en el Monte Guerizzim y las maldiciones en el Monte Êval. Dos montañas, dos caminos. La elección parece obvia: ¿quién no querría estar del lado de la abundancia y la luz? Sin embargo, el verdadero secreto no está en las palabras que se dijeron desde las montañas, sino en cómo nosotros elegimos vivir hoy. Las bendiciones llegan cuando aprendemos a apreciar lo que ya tenemos. Si no sabemos valorar lo que está en nuestras manos, aunque el cielo entero se abra para derramar bondad sobre nosotros, simplemente no podremos recibirla.

El Zóhar enseña que incluso las maldiciones cumplen una función: nos muestran con claridad en qué áreas estamos desconectados de la Luz y nos empujan a corregir. No se trata de sufrimiento gratuito, sino de señales que nos invitan a despertar. Cuando apreciamos lo que tenemos, abrimos la puerta a que llegue más; cuando lo damos por hecho, esa misma puerta se cierra.

Un ejemplo inspirador lo encontramos en las enseñanzas del Arí, Rav Itzjak Luria. En una lectura de la Torá un Shabbat, el Arí pidió que llamaran a figuras imposibles: Aharón, Moshé, Avraham, Itzjak, Iaakov, Iosef y el Rey David. Para sorpresa de la congregación, estos Patriarcas se hicieron presentes espiritualmente, cada uno como canal de una Sefirá del Árbol de la Vida: Jésed, Guevurá, Tiféret, Nétzaj, Hod, Iesod y Maljut. Lo impresionante no fue sólo la visión del Arí, sino que toda la comunidad presente tuvo el mérito de percibir esa Luz. ¿Por qué? Porque valoraban profundamente el simple hecho de estar en Shabbat, en compañía del Arí, rezando juntos. Su apreciación sincera los volvió receptores de milagros.

Lo mismo sucede contigo y conmigo. Si agradecemos de verdad cada respiro, cada oportunidad y cada persona en nuestro camino, nos conectamos con los canales más altos de bendición. La apreciación se convierte en un imán que atrae abundancia, salud, amor y claridad. Y si no lo hacemos, incluso lo que ya teníamos puede escaparse de nuestras manos.

Hoy más que nunca necesitamos recordar que el mundo no nos debe nada; es al revés, nosotros somos quienes debemos abrir los ojos y reconocer la Luz que ya está aquí. No hay tiempo que perder, porque cada día que dejamos pasar sin gratitud es un día en el que cerramos el acceso a la abundancia que podría transformar nuestra vida.

La decisión está frente a nosotros como dos montañas: Guerizzim y Êval. Elige la apreciación, elige la bendición.

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