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“Cuando callar enferma: la lección del Rey David”

Las Escrituras no se guardan nada cuando nos quieren enseñar algo vital. El Rey David, un hombre sabio, fuerte y profundamente conectado con lo divino, fue afligido con tzaraat —la lepra bíblica— no por hablar mal, sino por guardar silencio en momentos donde debía alzar la voz. Esto nos muestra una verdad poderosa: el silencio,…

Las Escrituras no se guardan nada cuando nos quieren enseñar algo vital. El Rey David, un hombre sabio, fuerte y profundamente conectado con lo divino, fue afligido con tzaraat —la lepra bíblica— no por hablar mal, sino por guardar silencio en momentos donde debía alzar la voz. Esto nos muestra una verdad poderosa: el silencio, cuando se convierte en omisión frente a la verdad, también tiene un precio.

En el Salmo 39:3, David mismo confiesa: “Enmudecí con silencio, contuve mi paz y no tuve reposo, y mi dolor se agravó”. Su silencio lo enfermó, porque se quedó callado cuando debía señalar, corregir o guiar. No fue una simple pausa, fue un acto de retraimiento que abrió la puerta a la impureza. Más adelante, en el Salmo 25:16, clama: “Vuélvete a mí y tenme misericordia, porque estoy desolado y afligido”. Estas palabras son el eco de un alma que reconoce que su silencio lo alejó de la presencia divina.

La conexión con la historia de Miriam es clara. En Números 12:10, cuando ella habló mal de Moisés, fue herida con lepra. La Torá nos enseña aquí dos caras de la misma moneda: Miriam sufrió por hablar de más, David sufrió por callar de más. En ambos casos, la lepra es el reflejo físico de un desequilibrio espiritual en el uso de la palabra. El mensaje es contundente: tanto hablar mal como callar cuando deberías hablar pueden enfermarte.

Todos hemos estado ahí. Hemos visto injusticias, errores o caminos equivocados y preferimos callar para “no meternos en problemas”. Pero ese silencio no nos deja en paz; al contrario, genera un peso interior, un dolor que se siente en el cuerpo y en el alma. Guardar silencio por miedo o comodidad es como abandonar al otro en la oscuridad, negándole la luz de una palabra que podía orientar o sanar.

Hoy vivimos en una época donde abundan las voces vacías y, al mismo tiempo, faltan voces valientes. El ejemplo de David nos recuerda que incluso un corazón conectado puede tropezar si se guarda para sí la verdad que debe ser pronunciada. El silencio, cuando se convierte en excusa, se transforma en enfermedad.

La urgencia es clara: no basta con evitar palabras negativas, debemos comprometernos a hablar palabras de bien en los momentos en que son necesarias. Una sola frase puede cambiar el rumbo de una persona, de una comunidad, de una vida entera. Callar, por el contrario, deja que la confusión y la oscuridad crezcan sin resistencia.

La enseñanza es dura pero liberadora: cuidar tu boca no es solo evitar el mal, es también atreverse a usarla para el bien. El Rey David nos lo recuerda desde sus propios errores y dolores: el silencio cómodo puede enfermar. Hablar con verdad, incluso cuando incomoda, puede sanar. Hoy más que nunca, tu voz importa.

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