A veces creemos que el único problema está en hablar mal, en criticar o en lanzar palabras cargadas de veneno. Sin embargo, la tradición nos enseña una verdad mucho más profunda: también se considera una falta guardar silencio cuando podríamos hablar para bien. El daño no siempre viene del insulto, a veces viene de la ausencia de una palabra que pudo haber levantado, corregido o salvado.
La Torá y el Zóhar nos muestran que el habla no es neutra: está diseñada para ser instrumento de construcción. Si elegimos callar cuando alguien va por un camino equivocado, no solo evitamos un conflicto, también cargamos con la responsabilidad de haber podido prevenirlo y no hacerlo. El silencio en momentos clave no es prudencia, es abandono.
Pensemos en el ejemplo clásico: un líder o maestro que ve a su pueblo desviarse y decide no reprender, no corregir, por comodidad o miedo. Ese silencio se convierte en complicidad, porque al no intervenir con palabras de verdad, deja que la confusión se propague. Es como un médico que ve la herida pero no da la medicina: su omisión también es un acto de daño.
Y esto aplica en lo cotidiano. Cuando vemos a un amigo autodestruyéndose y guardamos silencio “para no incomodar”. Cuando podríamos alentar a alguien con una palabra de apoyo y decidimos quedarnos callados porque “no es nuestro asunto”. En ambos casos, el alma se resiente. No cumplir con el propósito del habla —ser canal de luz y guía— significa manchar la fuerza espiritual que nos fue confiada.
El Zóhar explica que este tipo de silencio hiere al espíritu tanto como la palabra negativa, porque la voz está diseñada para bendecir arriba y abajo, conectar los mundos y sostener la armonía. Callar en el momento de la verdad es como apagar una lámpara en medio de la oscuridad: no ilumina, y encima permite que la sombra crezca.
Todos sabemos lo que se siente. Recordamos esas veces en las que alguien necesitaba una palabra de nosotros y no la dimos: quedó el remordimiento, la sensación de que algo se perdió en el aire. Eso nos une, porque todos hemos callado cuando deberíamos haber hablado. Pero también nos recuerda que podemos elegir distinto la próxima vez: hablar con valor, aunque incomode; animar con ternura, aunque parezca poca cosa.
Hoy vivimos en tiempos donde la indiferencia es la norma y el silencio cómodo se ha vuelto costumbre. Pero lo que se necesita no son más voces negativas, sino más voces que se atrevan a hablar bien, a corregir con amor, a guiar con firmeza. Quedarse callado no es neutral, es dejar que la oscuridad avance sin resistencia.
La urgencia está en reconocer que el poder de la palabra no solo se mide en lo que decimos, sino en lo que dejamos de decir. Si tienes la posibilidad de sanar, alentar o guiar con tu voz y no lo haces, estás desperdiciando uno de los dones más sagrados que te fueron dados. Hablar para bien es un acto de justicia, de amor y de cuidado que no podemos seguir posponiendo.

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