No hay nada más poderoso que las palabras. Con ellas podemos levantar a alguien del suelo, sanar un corazón roto o inspirar un cambio de vida. Pero con la misma facilidad podemos destruir, manchar reputaciones y, lo más grave, enfermarnos nosotros mismos. La Torá nos regala un recordatorio contundente: “Guárdate de la llaga de lepra…” (Devarim 24:8). No es solo una advertencia física, es un mensaje espiritual de enorme profundidad.
El Lashón Hará —esa costumbre de hablar mal de otros, de chismear, de criticar con veneno disfrazado de palabras— no es un juego. La tradición enseña que la tzaraat, una enfermedad cutánea descrita en la Torá, se manifestaba como consecuencia directa de usar la lengua para dañar. Esto nos revela algo fundamental: el cuerpo refleja la energía de nuestras palabras. Lo que pronunciamos no se queda flotando en el aire, tiene eco en la materia, regresa a nosotros como luz o como sombra.
El Zóhar explica que cada palabra pronunciada viaja y despierta fuerzas: si son palabras limpias, atraen bendición y protección; si son maliciosas, convocan fuerzas de impureza que tarde o temprano se manifiestan en nuestra vida. Basta pensar en lo que ocurre con una persona que vive rodeada de chismes: su paz desaparece, su energía se desgasta y, muchas veces, su salud empieza a resentirse. No es casualidad, es consecuencia.
Lo interesante es que no se trata solo de evitar lo negativo, sino de elegir conscientemente lo positivo. A veces creemos que quedarnos callados es suficiente, pero el silencio también puede ser cómplice si en un momento dado podríamos alentar, sanar o guiar con palabras buenas y decidimos guardarlas. El mismo poder que tiene la palabra para destruir, lo tiene para construir. No usarlo es desperdiciar uno de los dones más sagrados que tenemos.
Y aquí viene la parte más cercana: todos, absolutamente todos, hemos caído en el error del Lashón Hará. ¿Quién no ha hablado de alguien enojado, celoso o simplemente por costumbre? Pero la grandeza está en reconocerlo, en despertar y empezar a cuidar nuestra boca como cuidamos nuestra salud. Porque, al final, lo que decimos no solo afecta al otro: nos afecta a nosotros, a nuestra piel, a nuestra alma y a nuestro destino.
Hoy más que nunca, en un mundo donde la palabra viaja más rápido que nunca gracias a redes sociales y medios digitales, la advertencia de la Torá se vuelve urgente. Cada comentario, cada publicación, cada “meme” cargado de burla puede ser un paso hacia la tzaraat espiritual de nuestra generación. Y al mismo tiempo, cada palabra de aliento, cada mensaje de esperanza, cada bendición compartida es medicina para el alma colectiva.
La decisión está en tu boca: usarla como un arma que hiere o como un bálsamo que sana. Cuidar lo que decimos no es censura, es libertad consciente. Es elegir qué energía queremos sembrar y qué frutos queremos cosechar en nuestra vida. Así como cuidamos lo que comemos para no enfermarnos, debemos cuidar lo que decimos para mantenernos en salud espiritual, emocional y física.
Hoy la invitación es simple y poderosa: cuida tu boca como cuidas tu vida. Haz de tus palabras un refugio, no una trampa. Recuerda que quien guarda su lengua, guarda también su alma.

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