La vida espiritual no tiene por qué ser complicada. De hecho, cuando entendemos su esencia, descubrimos que el verdadero valor está en la sencillez. Y aquí hay algo que vale la pena recordar: cada vez que nos acercamos al Creador desde lo simple, sin máscaras ni adornos, estamos creando un espacio de reciprocidad con la Luz. El regalo que damos es nuestra autenticidad; lo que recibimos de vuelta es bienestar, claridad y fuerza para vivir con propósito.
La espiritualidad se sostiene en la sencillez, no en la complejidad. Y la Torá nos lo enseña una y otra vez: el camino no es enredarnos con miles de reglas imposibles, sino hacer de lo espiritual un estilo de vida accesible, práctico y real. La metáfora del contratista que pide un préstamo al rey lo explica con sencillez. Si ese dinero es para su propio beneficio, debe ser cuidadoso. Pero si lo pide para construir el palacio del rey, puede solicitar mucho más, porque no se trata de él, sino del propósito mayor. Lo mismo ocurre con nosotros: seguir las leyes espirituales no es para darle algo que Dios necesita —Él ya lo tiene todo—, sino para construir nuestro propio palacio interior.
Generaciones de hombres y mujeres han comprobado que cuando hacen de la espiritualidad algo práctico —tratar bien al prójimo, ser honestos, vivir con gratitud— su vida se transforma. El Zóhar, texto fundamental de la Kabbalah, nos recuerda que “la Torá es vida, libertad y alegría”, y que no es un camino de sufrimiento, sino de plenitud. Y si millones de personas a lo largo de la historia han encontrado en la sencillez espiritual una fuente de fortaleza, ¿qué nos impide a nosotros hacerlo hoy?
Sé que a veces sentimos que el trabajo espiritual es lo más difícil del mundo. Entre presiones, errores y distracciones, pareciera imposible mantener el rumbo. Pero el mensaje de la parashá Shofetim es alentador: no necesitas fórmulas complicadas, basta con regresar a lo básico. Amar a tu prójimo como a ti mismo, tratar con dignidad a los demás y ver al Creador en cada rostro son prácticas simples que cambian todo.
Desde la autoridad que da la tradición y el estudio, afirmo que no se trata de hacer grandes sacrificios, sino de sostener pequeños actos de conciencia. El Creador no espera de nosotros una perfección inalcanzable, sino un corazón dispuesto. Y esa disposición empieza con un acto de simplicidad.
Por eso, en un mundo saturado de ruido, confusión y prisa, lo único que no podemos postergar es la sencillez espiritual. Si no aprendemos a simplificar hoy, corremos el riesgo de perdernos en un laberinto de complicaciones que nos aleja de la esencia. La invitación es inmediata: vuelve a lo simple, sé auténtico con tu Creador y contigo mismo. Ahí está la verdadera fuerza, ahí comienza la transformación.

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