Déjame compartirte un regalo de sabiduría que a mí me dio mucha claridad: la Torá no es un conjunto de reglas arbitrarias, sino enseñanzas que protegen y elevan nuestra vida. Entre ellas está la prohibición de consumir sangre. Y al entender su sentido profundo, no solo ganamos salud física, también conciencia espiritual.
La Torá dice claramente: “Porque la sangre es el alma” (Devarim 12:23). La enseñanza es contundente: la sangre es portadora de vida, y por eso no puede ser ingerida como si fuera un simple alimento. En otras palabras, lo que simboliza la fuerza vital no debe mezclarse con nuestra propia energía de forma literal. Hashem nos invita a respetar esa frontera: la vida le pertenece al Creador, no a quien consume.
Rashi explica que la sangre representa el alma misma del ser vivo, y que ingerirla es como apropiarse de lo que solo a Dios le corresponde. Rambán añade que al consumir sangre, uno interioriza simbólicamente los impulsos animales, debilitando el alma humana.
Ejemplos modernos ayudan a entenderlo: las culturas que tratan con respeto la vida animal suelen tener una relación más consciente con la naturaleza. Incluso la ciencia médica confirma que la sangre transporta oxígeno, nutrientes y defensas, siendo literalmente el “vehículo de la vida”.
Yo sé que para muchos puede sonar extraño, porque en otras culturas hay prácticas donde la sangre se consume como alimento o bebida ritual. Y quizá tú mismo te has preguntado: “¿Por qué tan estricta esta norma?”. A mí también me pasó. Pero cuando lo piensas, entiendes que se trata de separar lo instintivo de lo espiritual. No es solo una dieta, es una disciplina del alma.
El Talmud (Julín 17a) afirma que respetar esta prohibición es uno de los pilares universales para la humanidad. La Mishná enseña que hasta los noájidas —los justos de entre las naciones— están llamados a abstenerse de consumir sangre. Y la psicología moderna nos aporta un paralelo: cuando aprendemos a dominar los impulsos básicos, elevamos nuestra conciencia. La Torá nos educa a no ser esclavos de lo instintivo, sino a vivir desde lo humano y lo divino.
Vivimos en un mundo que promueve “devorar” todo: recursos, emociones, placeres. La prohibición de consumir sangre nos recuerda algo urgente: la vida no se devora, se respeta. Cada gota de sangre es un recordatorio de que la existencia es sagrada.
La decisión está en nuestras manos: ¿viviremos como consumidores de vida o como guardianes de ella? El tiempo para elegir es ahora, porque cada día que pasa sin conciencia es vida que se escapa.
👉 ¿cómo puedes honrar hoy la vida que corre en tus venas y en las de todo ser viviente?

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