Quiero empezar compartiéndote algo importante: cuando hablamos de ofrendas en la Torá, no hablamos solo de “dar”, sino también de “recibir”. Cada sacrificio era un acto de entrega, pero también una oportunidad de conexión, de traer bendición al hogar y de experimentar cercanía con Hashem. Entender esto es clave: dar con intención abre espacio para recibir con plenitud.
La Torá instruye que las ofrendas y sacrificios debían realizarse únicamente en el lugar elegido por Hashem —el Templo en Ierushaláim—, y no en cualquier altar improvisado (Devarim 12:13-14). Los tipos de ofrendas eran variados: olá (holocausto, entrega total), shelamim (paz, comunión), jatat (expiación de pecados), todá (gratitud), entre otras. La idea es clara: cada ofrenda tenía un propósito específico, y debía presentarse con orden y santidad, no al azar ni por costumbre.
El pueblo entero participaba en estas prácticas, y la Torá las detalla no como un ritual vacío, sino como un lenguaje común para acercarse a Dios. Los sabios explican que cuando alguien llevaba una ofrenda, no era solo un acto individual: toda la comunidad lo veía, aprendía y se inspiraba.
Ejemplos actuales nos ayudan a entenderlo: cuando alguien dona con amor, comparte su tiempo o sirve a los demás, no solo transforma su vida, también motiva a quienes lo rodean. Así funcionaban los sacrificios: como un testimonio vivo de entrega y compromiso.
Y sé lo que quizá estés pensando: “Eso suena muy antiguo, hoy ya no hacemos sacrificios”. Es cierto, pero la enseñanza sigue vigente. Yo también me he sentido así, preguntándome: ¿qué significa esto hoy? Y descubrí que nuestras “ofrendas” actuales son el tiempo que damos, la atención que brindamos, el esfuerzo que dedicamos a crecer espiritualmente. Todos sabemos lo que cuesta soltar algo valioso, pero también sabemos la satisfacción profunda de hacerlo con propósito.
El Talmud explica que los sacrificios eran un reflejo del corazón de la persona (Zevajim 2a). Rambán señala que al presentar un animal, el oferente reconocía que él mismo debía entregarse a Hashem, pero la ofrenda actuaba en su lugar, despertando conciencia y gratitud. Hoy los sabios coinciden en que la plegaria es el sustituto de los sacrificios (Oseas 14:3), y la psicología moderna confirma que los rituales de dar generan sentido y bienestar, fortaleciendo el vínculo entre intención y acción.
Hoy ya no tenemos el Beit HaMikdash ni un altar donde llevar ofrendas físicas, pero eso no significa que la enseñanza desapareció. Cada día es una oportunidad única para “ofrecer” lo mejor de ti: tu tiempo, tu energía, tu compasión, tu disciplina. Lo urgente es no esperar a que sea demasiado tarde para dar. La vida misma es un altar, y cada acto de conciencia es un sacrificio que construye bendición.
👉 ¿qué vas a poner hoy sobre tu altar personal para transformar tu vida y la de quienes te rodean?

Deja un comentario