¿Alguna vez te has detenido a pensar en lo valioso que es poder elegir? No hablo de escoger entre tacos de pastor o de suadero (aunque también), sino de esas decisiones profundas que definen el rumbo de nuestra vida. El libre albedrío, ese regalo que recibimos, es más que un concepto filosófico o religioso: es la herramienta que nos da la capacidad de crear nuestra propia realidad. Y la Torá, en Parashat Re’eh, lo dice con claridad: “Mira, hoy pongo delante de ti la bendición y la maldición”.
Desde el inicio hay algo poderoso: el texto no dice “escucha”, dice “mira”. ¿Por qué? Porque lo que ves con tus ojos adquiere un peso innegable, tangible, casi imposible de negar. Es como ver con tus propios ojos la diferencia entre una vida en armonía —con propósito, salud y relaciones sanas— y otra llena de caos, desconexión y sufrimiento.
tu vida es tuya, tu decisión también
La idea central es firme y sin vueltas: la bendición y la maldición no llegan por azar, se eligen. Cada acción, cada palabra y hasta cada pensamiento es un paso hacia un lado o hacia el otro. Y aquí está lo hermoso: nadie más puede decidirlo por ti.
Este principio de responsabilidad personal está presente no solo en la tradición judía, sino también en otras filosofías. El estoicismo, por ejemplo, enseña que no podemos controlar lo que pasa afuera, pero sí cómo respondemos. El budismo habla de karma como la consecuencia de nuestros actos. Y la psicología moderna confirma que los patrones de pensamiento y conducta moldean nuestra calidad de vida.
La historia está llena de ejemplos de personas que, frente a la adversidad, eligieron la bendición. Nelson Mandela, tras décadas en prisión, pudo haberse hundido en odio, pero eligió reconciliación. Viktor Frankl, en los campos de concentración, descubrió que aunque todo le fuera arrebatado, aún conservaba la libertad última: elegir su actitud.
Y no hace falta ir tan lejos: seguro conoces a alguien en tu entorno que, con pequeñas decisiones diarias —cuidar su cuerpo, cultivar su mente, servir a los demás—, irradia bienestar y paz. Esa persona es testimonio vivo de que la bendición es algo visible, palpable, no una promesa abstracta.
No te hablo desde un pedestal, sino desde la experiencia compartida. Todos hemos sentido la tentación de tomar atajos, de caer en malos hábitos, de dejar que la vida nos arrastre. Pero también hemos probado la satisfacción de elegir lo correcto, aunque cueste. ¿A poco no se siente distinto cuando terminas el día sabiendo que hiciste lo mejor que estaba en tus manos? Ese sabor de bendición no se compara con nada.
Los sabios de la tradición judía insisten en que el libre albedrío es el fundamento de la dignidad humana. Maimónides lo llamó “el principio que sostiene toda la Torá”. La psicología contemporánea lo confirma con estudios sobre el poder de la autodeterminación y la motivación intrínseca. Y la vida cotidiana lo demuestra: las personas que asumen responsabilidad sobre sus elecciones son más resilientes, más libres y más felices.
Escasez y relevancia actual: el momento es ahora
Hoy más que nunca, vivimos en un mundo saturado de opciones, distracciones y promesas rápidas. La verdadera escasez no es de información, sino de conciencia. Cada día que pasa, sin elegir conscientemente, es un día perdido. La bendición y la maldición siguen estando frente a tus ojos, no mañana, no en un futuro lejano: hoy mismo.
El libre albedrío no es solo un concepto abstracto: es el poder de decidir cómo vivir tu presente y qué legado dejar. Y esa elección, aunque parezca pequeña, cambia absolutamente todo.
👉 Entonces, ¿qué eliges hoy: vivir desde la bendición consciente o dejar que la maldición de la inercia decida por ti?

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