Hubo una vez un profeta que podía ver el futuro, hablar con Dios y tocar los hilos del destino… pero no supo ver más allá de su propio reflejo.
Esta no es la típica historia de buenos contra malos, ni de héroes invencibles. Es una historia que duele porque habla de nosotros. De ese rincón del alma donde vive una voz sabia… y otra que solo quiere tener la razón.
Hoy quiero contarte la historia de Biläm, el profeta que pudo haber sido como Moshé, pero eligió otra ruta. Una que lo llevó a perderlo todo, incluso su conexión con la Luz.
🌄 La escena está puesta…
Imagina esto: el pueblo de Israel viene avanzando por el desierto, rodeado de milagros y misterios. En las montañas vecinas, un rey llamado Balak observa aterrado cómo esa tribu imparable crece, avanza y no se detiene. Y en vez de hacer alianza con ellos o abrir su corazón, decide contratacar… a su manera.
No con espadas, no con flechas, sino con maldiciones.
Y para eso llama a un profeta muy, muy especial: Biläm.
Ahora bien, Biläm no era un cualquiera. El Midrash dice que entre las naciones del mundo, no hubo otro profeta como él. Tenía el don de la visión. Pero —y aquí viene el giro trágico— no tenía la pureza del corazón de Moshé. Porque hay una gran diferencia entre tener dones… y saber usarlos para el bien.
🔍 ¿Qué los diferenciaba?
Según el Zóhar, Moshé estaba conectado con las coronas superiores: esa región luminosa donde habita la compasión, la entrega, la conexión con lo divino.
Biläm, en cambio, estaba alineado con las coronas inferiores, es decir, con el lado izquierdo del Árbol de la Vida. Con la severidad, el juicio, el ego y la arrogancia espiritual. Es decir, sí tenía visión… pero la usaba mal. Como un cuchillo en manos del que solo quiere cortar.
Y ojo: ambos eran poderosos. Ambos podían ver. Pero mientras Moshé se borraba a sí mismo para dejar pasar la Luz, Biläm inflaba su ego hasta creerse más sabio que Dios.
🙈 El ego no ve ángeles
Hay una escena en la historia que es casi poética.
Biläm va en camino a maldecir al pueblo de Israel, montado sobre su asno. De pronto, un ángel se le aparece para detenerlo. Pero hay un problema: ¡Biläm no lo ve!
¿Quién lo ve primero? Su burro. Sí, su burro.
Y no es metáfora: el burro lo ve, se detiene, y Biläm en lugar de sospechar algo… le pega. Tres veces.
¿Y cómo puede ser que un profeta no vea un ángel, mientras un animal sí?
La respuesta es simple y brutal: cuando el ego nubla los ojos, la verdad se vuelve invisible.
Biläm estaba tan metido en sí mismo, en su poder, en su deseo de “quedar bien” con los reyes, que ya no veía la realidad espiritual. Solo veía lo que quería ver.
🪞La distorsión del espejo interior
El gran problema de Biläm no fue ser un malvado tradicional, de esos que destruyen ciudades. Fue ser un profeta con visión distorsionada. Un canal espiritual, sí, pero con interferencia.
Y es ahí donde se pone incómoda la historia… porque todos tenemos un Biläm dentro.
Esa parte que escucha un mensaje claro y lo “interpreta” a su favor. Esa parte que dice: “No es que no deba hacer esto… es que me lo dijeron con otras palabras”.
Esa parte que elige lo que quiere escuchar, lo que le conviene ver, lo que no duele.
El Zóhar lo dice con fuerza: el ojo humano ve al revés, y solo con trabajo espiritual se puede corregir la imagen.
💡 ¿Y si el problema no es que no vemos… sino que no queremos ver?
El texto nos deja una enseñanza hermosa: en el fondo, ya conocemos la verdad. Pero muchas veces la bloqueamos porque no nos gusta lo que dice. Nos da miedo, nos incomoda, o simplemente nos hace cuestionar el personaje que hemos armado.
Por eso Biläm cayó.
Porque eligió honores sobre propósito. Porque prefirió la apariencia de sabiduría antes que el trabajo interior.
Porque era más cómodo ser un “gran profeta” admirado… que un humilde canal de Luz, como Moshé.
🔥 ¿Y qué hacemos con esto?
Tal vez la historia de Biläm no sea solo sobre un hombre de hace miles de años.
Tal vez sea un espejo para mirar con valentía el ego que a veces nos susurra:
“Tú ya sabes. No necesitas cambiar. Lo estás haciendo bien… aunque el alma grite lo contrario.”
Pero también hay una buena noticia.
Así como Biläm representa una caída, Moshé representa una posibilidad. La de elegir la humildad. La entrega. La escucha profunda. El silencio antes que la opinión. El alma antes que el ego.
Y esa opción está disponible cada día. En cada palabra que decimos. En cada juicio que evitamos. En cada vez que callamos para entender en lugar de hablar para ser entendidos.
🌌 Cierra los ojos, abre el alma
Esta historia no es un juicio. Es una invitación.
A que abras tus ojos internos.
A que te preguntes: ¿qué parte de mí quiere maldecir lo que no entiende? ¿Y qué parte puede bendecir, incluso en la oscuridad?
Porque hay algo que no se puede fingir: la Luz.
Y si la elegimos de verdad, ella se revela.
Tal como lo hizo con Moshé.

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