“El año que la Tierra habló… y la montaña que nos enseñó a ser felices”

Había una vez una Tierra que pidió descansar. Sí, leíste bien. La Tierra habló. No con palabras, sino con suspiros. Sus grietas se abrían no por sequía, sino por cansancio. Y entonces, el Creador dijo: “Cada siete años, la dejarás respirar. La dejarás ser. Y volverás a confiar.” Alrededor de una fogata, un anciano kabbalista…

Había una vez una Tierra que pidió descansar.

Sí, leíste bien. La Tierra habló. No con palabras, sino con suspiros. Sus grietas se abrían no por sequía, sino por cansancio. Y entonces, el Creador dijo: “Cada siete años, la dejarás respirar. La dejarás ser. Y volverás a confiar.”

Alrededor de una fogata, un anciano kabbalista le contaba esto a sus nietos bajo las estrellas.

Y uno de ellos le preguntó:

—Abuelo, ¿la Tierra también se cansa?

—No solo se cansa —dijo él—, también necesita silencio para recordar quién es. Igual que tú.

La felicidad: ese tesoro que no se encuentra cuando lo buscas

Mira, niño, niña, adulto o alma cansada que me lee:

Hay algo que hemos confundido por siglos. Hemos creído que la felicidad es tener, lograr, controlar. Que mientras más cosas posees, más feliz serás.

Pero eso, dijo el sabio, es como tomar agua salada para calmar la sed.

Desde la Kabbalah, entendemos que la verdadera bendición (berajá) no es lo que brilla, sino lo que conecta. Y que la maldición (kelalá) más peligrosa no es una enfermedad, ni una pérdida…

Es la tristeza.

Esa tristeza silenciosa que se instala como humedad en las paredes del alma.

Esa que nos dice “no soy suficiente”.

Esa que viene cuando te desconectas del Creador, de tu propósito, de la Luz.

Esa es la voz del Satán disfrazada de realidad.

¿Y qué tiene que ver el Monte Sinaí con todo esto?

Mucho.

Porque cuando el Creador decidió revelar la Torá, no la entregó en la montaña más alta ni más espectacular.

Escogió una pequeña. Callada. Invisible casi.

El Monte Sinaí.

¿Y sabes por qué?

Porque esa montaña no se creía merecedora.

Y justo por eso, lo era más que ninguna.

La humildad no es debilidad. Es el canal limpio donde la Luz puede pasar sin distorsión.

El ego, en cambio, es ese muro que levantamos creyendo que nos protege… cuando en realidad nos separa de la dicha.

La Shemitá: cuando el alma necesita un sabático

Así como tú necesitas pausar a veces, respirar, apagar el celular y el ruido…

La Tierra también.

La Shemitá es ese recordatorio divino de que no somos dueños de nada, solo cuidadores por un rato.

Cada siete años, el pueblo de Israel debía dejar descansar la tierra. No sembrar. No cosechar. Solo confiar.

¿Suena loco? Tal vez.

Pero también suena a fe verdadera.

A recordar que el sustento no viene solo de tu esfuerzo, sino de una fuerza más grande.

Y cuando pasaban siete Shemitot… venía el Jubileo

Cuarenta y nueve años después, llegaba el Iovel, el año 50.

El año donde todo volvía a su lugar.

Las tierras regresaban a sus dueños originales.

Los esclavos eran liberados.

Y lo más profundo: las almas volvían a su raíz.

Biná, nos dice la Kabbalah, es ese entendimiento profundo, casi maternal, que nos recuerda de dónde venimos. Y en el Jubileo, Maljut —la Tierra, lo físico, lo manifestado— se reconecta con Biná, su fuente espiritual.

Ese año no era solo un evento agrícola.

Era una redención.

Una oportunidad para resetear el alma.

¿Y qué pasa con los corazones amurallados?

Los sabios dicen que hay dos tipos de corazones:

Los amurallados: protegidos, fuertes, llenos de Torá y conexión. Y los patios abiertos: expuestos, distraídos, pero aún con esperanza.

Ambos están en el mundo.

Ambos en ti.

Y ambos merecen redención.

Porque, al final del día, el Creador no busca perfección.

Busca verdad. Busca intención. Busca que te acerques, así estés lejos.

Y ahora te pregunto a ti, que estás leyendo junto al fuego de tus pensamientos…

¿No será que tu alma también necesita un año sabático?

¿Un monte donde callar el ego?

¿Una tierra interior que pide descansar de tanto querer ser algo más?

¿Un Jubileo que te devuelva a tu origen?

Conclusión: la felicidad es un regreso, no una conquista

Así como la Tierra habla y la montaña enseña, la verdadera dicha no se persigue, se recuerda.

Está ahí, bajo las capas de expectativas, de posesiones, de logros, de ruido.

Hoy puedes elegir pausar. Respirar.

Confiar como la Tierra en Shemitá.

Liberarte como en el Jubileo.

Y ser humilde como el Monte Sinaí.

Porque en ese estado…

la felicidad ya no será una meta, será tu estado natural.

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